En diarios
Editado en el suplemento cultural del diario La Capital de Mar del plata el 8 de agosto de 2010 bajo el título “Las ocho preguntas para Javier Chiabrando”
1)¿Qué error le molesta más advertir en un texto literario y cuál es el último que halló en el libro que está leyendo o que acaba de leer?
No digamos errores, pero odio las frases que pretenden ser literarias pero son puro vacío: “mirar profundo, hablar quedo, profundo secreto”, o los personajes “alelados” o “azorados”. También odio los adverbios que pretenden mostrar un estado de ánimo y son puro lugar común: “lentamente, largamente”, etc. Me molestan las frases donde cada sustantivo tiene un adjetivo, peor aún si son adjetivos que no dicen nada que no se le ocurra a cualquiera que no es escritor. Más me molesta los que se meten con el erotismo con miedo y vergüenza. Un ejemplo: Eloy Martínez hablando de sexo en Purgatorio. Vale la pena leerlo, para no repetirlo. Mejor una buena elipsis, como decir “la ropa quedó tirada en un rincón y sus cuerpos en otro”.
2)¿Qué situación de su vida cotidiana encontró reflejada con sorpresiva exactitud en un libro, una película, una canción o cualquier otra obra de arte?
No es eso exactamente, pero hay un cuento de Antonio di Benedetto que leí hace poco. Se llama “Volamos”. Es una conversación entre un hombre y una mujer. Ella le cuenta de un gato, que quizá no sea gato, quizá sea perro, pero que además vuela. Él apenas participa para no estimular los delirios de ella. El tema en realidad es la incomunicación (en este caso) de una pareja. Resultado según Di Benedetto: “¿Acaso me maravilla que tú no seas lo que tu esposo cree que eres? ¿Acaso me maravilla no ser lo que mi esposa cree que soy?“ Quizá nadie es lo que el resto cree.
3)¿De qué lugar, personaje común o circunstancia en general que ofrece Mar del Plata se apropiaría para incorporarlo como pasaje central de alguna de sus obras?
Siempre me fascinó de Mar del Plata ese contraste entre la ciudad tilinga y desbordada y la ciudad semivacía y real que va, digamos, de semana santa a diciembre. Una vez un editor, que luego enloqueció y se retiró del rubro, me pidió un proyecto de novela que incluyera eso. La novela se iba a llamar “Cómo vivir y no morir en Mar del Plata”. Es un título que se lee de dos formas, y ambas muestran mi compleja relación con la ciudad. Que esta nota sirva de prueba de que el título es mío. Quizá la escriba algún día.
4) ¿Cuál es el mejor diálogo que recuerda entre dos personajes de ficción?
En “Los Siete Locos” Erdosain descubre que su mujer se está yendo con otro. Después de los ruegos de él, ella le dice: “Mira… esperame. Si la vida es como siempre me dijiste, yo vuelvo, ¿sabès?, y entonces, si vos querès, nos matamos juntos… ¿Estás contento?” Son los momentos en que la ficción va más allá de las posibilidades de la filosofía y otras formas de pensamiento.
5) Si le permitieran ingresar en una ficción y ayudar a un personaje, ¿cuál sería y qué haría?
Debería ayudarlos el autor, que para eso le pagan. Sea como sea, desde ya abandono toda posibilidad de ayudar a un personaje a una conquista de carácter épico (incluido el amor). Creo que ingresaría a “Mi vida como hombre”, de Philip Roth y le diría al personaje, Peter Tarnopol que deje a su mujer de una buena vez, incluso me ofrecería a matarla, simulando un accidente, claro. Pero si Tarnopol deja a la mujer, la novela deja de tener sentido. O no existiría. Entonces que se arregle. Mejor me meto en “El diablo en las colinas” de Pavese a vagar por la noche de Torino junto a sus personajes.
6) ¿Recuerda haber robado un libro alguna vez? ¿Cuál o cuáles?
En un supermercado de Italia me robé “L’insopportabile leggerezza dell’essere” de Kundera. Estaba sumergido en el aprendizaje y la lectura en italiano, y creía que era mejor leer traducciones porque rara vez caen en localismos o jerga. Menos mal que no pagué ese libro. Lo estaría lamentando aún hoy. Si llegaba a ir preso por un libro de Kundera merecería figurar en el Guinness por idiota. Como sería la impresión que me causó que no volví a leer a Kundera, ni robándolo, y menos pagándolo.
7) Un extraño hongo se esparce por su biblioteca y consume de manera irrefrenable los libros. Solo dispone de unos segundos para actuar y salvar a tres de ellos. Lo que usted hace para ganar tiempo es arrojar a la voracidad del hongo a otros tres libros. ¿Cuáles serían los sacrificados y cuáles los salvados?
Linda pregunta, de las que genera el tipo de respuesta que uno cambia a cada rato. Hoy, ahora, le tiraría al hongo con todo, como para que se empache. Calculo que con los tres o cuatro (hago trampa) últimos Premio Clarín el hongo duerme hasta el mes que viene. Y con “La lenta muerte de Luciana B”, de Guillermo Martínez se muere atorado. Con las últimas novelas de Paul Auster quizá mi biblioteca se salve porque el hongo se pasaría siglos digiriéndolos. Saber qué libros salvaría es mucho más difícil: quizá los míos, por si el hongo se esparce por todo el mundo y yo alguna vez debo dar pruebas de que escribí libros que no estaban mal. Bromas aparte, salvaría: “La conciencia de Zeno”, de Ítalo Svevo; “Cuaderno de navegación en un sillón Voltaire”, de Bryce Echenique (otra vez hago trampa, en realidad son dos libros –“La vida exagerada de Martín Romaña” y “El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz”); y “El largo adiós” de Chandler, por qué no. No salvaría El Quijote ni el Ulises porque seguro que otro escritor más serio que yo lo hace y me los presta. Y ya me estoy arrepintiendo de no haber elegido otros títulos.
8. Se le concede la extraordinaria excepción de hacerle una única pregunta a uno de sus tantos escritores predilectos. ¿Qué le preguntaría?
Me sentaría a beber con Hemingway, y no le haría preguntas porque era de pocas pulgas.
Verdades y Mentiras de los Talleres Literarios
Aunque implica un gran esfuerzo y exige un gran sacrificio… “Escritor se nace”
Marcela Predieri y Javier Chiabrando ofrecieron la charla “Verdades y Mentiras de los Talleres Literarios” coordinada por Rafael Oteriño, en el marco de la 5ª Feria del Libro, Mar del Plata Puerto de Cultura. Se debatieron acerca del aprendizaje de la escritura como arte, y la relación entre las dosis de talento y de trabajo necesarios para obtener buenos resultados en las labores literarias.
Marcela Predieri aparte de de ser directora de la revista artística y cultural “La Avispa”, se desempeña como coordinadora de grupos de estudio y creación literaria, y talleres de escritura creativa.
Javier Chiabrando es músico y escritor, sus obras se caracterizan por el cruce de subgéneros, parte de la charla se baso en “Querer escribir, Poder escribir” libro de su autoría en que analiza las diferentes etapas del proceso de la escritura.
Ambos coincidieron en que hay muchas formas de transformarse en escritor, pero todas implican un gran esfuerzo, no se puede ser escritor sin antes ser lector. De todas formas Marcela Predieri afirmó que “escritor se nace” y que los talleres literarios son una especie de casting para descubrir a escritores. El eje central de la charla se baso en el trabajo y la dedicación como bases fundamentales para la formación.
“Se nace escritor y si hay talento podemos perfeccionar la técnica, los tiempos, aprender a corregir, guiar qué autores leer”
Marcela Predieri señaló que en los talleres “no creo que exista un maestro y un alumno, si un escritor que lleva un poquito más de tiempo en lo que es sentarse a escribir…” Otro punto fundamental en un taller literario es diferenciar en esa especie de casting a la persona que escribe de un escritor, la persona que escribe lo hace para sí mientras que el escritor escribe para otro. “Cuando uno toma conciencia del lector y que la responsabilidad de hacer un libro, no es sólo el gusto personal, entonces ahí es donde tenemos que separar la paja del trigo”.
Chiabrando por su parte se refirió al taller literario como un ámbito donde se desarrolla una relación muy interesante en muchos sentidos, donde uno puede encontrar algunas herramientas que lo ayuden a escribir mejor, y advirtió que “no es un espacio en el que uno entra y sale transformado en escritor” pero si uno de los pasos en el camino de un aspirante a escritor , “en esa búsqueda la persona que quiere transformarse en escritor hará un recorte de su propio vocabulario y su imaginario, sobre el cual se moverá a partir del momento que se proponga ser escritor. Y ahí es donde empieza la etapa en lo que domina es el esfuerzo, el sacrificio. Transformarse en escritor exige un gran sacrificio”.
La inspiración
La inspiración es un término que siempre ha acompañado a la creación artística, es una palabra histórica, objeto de ambiguas concepciones. Uno tiene que esperar un estado de precipitación emocional especial para empezar a escribir o se la produce trabajando?
Según Marcela Predieri existe un trabajo previo, un oficio, un tiempo, una dedicación, “Cuando la inspiración viene, viene. Pero la escritura, el libro completo, sea del género que sea, es fruto del trabajo no de la inspiración.
Javier Chiabrando por su parte explicó que si bien hay momentos mejores que otros para producir “no sé si existe la inspiración, si uno tendría que esperarla no avanzaría nunca”. El asunto está en cuando uno supera el territorio de lo emocional y aparece el territorio donde el dominio de la técnica es lo esencial.
Ambos escritores destacaron la importancia de los talleres literarios coordinados por escritores en lugar de teóricos porque “las cosas que uno transmite al grupo son cosas que uno las aprende por haber lidiado con ellas, por haber luchado cuerpo a cuerpo, problemas propios de la escritura que no tiene nada que ver con la teoría”. La teoría puede transformarse en una barrera infranqueable.
Un taller literario es un encuentro entre pares, donde la opinión del coordinador es una opinión más, no se trata del profesor o el coordinador que corrige los textos de los talleristas, sino de transmitir ciertas pautas, de inducir y orientar.
Para concluir afirmaron que al participar de un taller literario bien coordinado, las personas logran una mejor relación no sólo con la escritura sino también con la lectura y la literatura en su conjunto, y eso los transforma en personas más interesantes, que leen mejor, escriben mejor y hablan mejor.
Texto: Lucía D. Fotografía: Néstor G.

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CULTURA / ESPECTACULOS › “QUERER ESCRIBIR, PODER ESCRIBIR” DE JAVIER CHIABRANDO
Hay que sentarse a escribir. Con buen ritmo y un lenguaje agradable y accesible, se encarga de diseccionar “los secretos del oficio de escritor”. Por Fernanda González Cortiñas
Quiero escribir. Ahora la pregunta es, ¿puedo? El interrogante se le planteó a Javier Chiabrando como un cuestionamiento liminar, que puede surgir incluso antes que el otro gran síndrome escritural: el de la página en blanco. Una pregunta que como un espectro se le ha aparecido a cada licenciado en Letras, cada periodista, profesor, abogado, médico y a veces apenas a un simple lector con ansias comunicativas que por sentir cierta empatía con la lectura, y algún nivel respetable de autocrítica, supone que a él también le podría haber sido concedido el don de escribir.
Sobre la base del siempre escabroso –más no desértico, desde el clásico Cómo aprendí a escribir, de Máximo Gorki al fresquísimo Cómo lee un buen escritor, de Francine Prose, pasando por las fórmulas de García Márquez u Horacio Quiroga, para mencionar apenas un par– territorio teórico acerca del oficio de escribir, Chiabrando acaba de editar Querer escribir, poder escribir (Corpus Lirio, 2007), una suerte de cómodo manual en el que, sin pretensiones academicistas, con buen ritmo (el aporte se resume en apenas 120 páginas) y un lenguaje agradable y accesible (aclaremos: no todo lo agradable es accesible, y viceversa), se encarga de diseccionar lo que a su criterio son “los secretos del oficio de escritor”.
“La génesis de este libro –cuenta Chiabrando por teléfono desde Balcarce, aunque en realidad es de Carlos Pellegrini y pasó gran parte de su vida en Rosario– es más una anécdota que una génesis. En principio lo empecé a escribir como una manera de organizar todos mis conocimientos teóricos sobre el tema en una suerte de guía con consejos para los alumnos de mis talleres –dicta por lo menos dos fijos: uno en Balcarce y otro en Mar del Plata–, en particular para una que me volvía loco a preguntas”.
Sin escatimar citas de plumas célebres sobre el tema (la primera, lapidaria, de Stendhal: “Quisiese que todos los cursos de literatura yaciesen en el fondo del océano”) el autor asiste en la tarea de reflexionar introspectivamente acerca de la compleja tarea de dar a luz un texto literario.
“Después de leer casi todo lo que hay en el mercado sobre el tema –y debo confesar que hay mucho, muchísimo–, empecé a vislumbrar lo que quería hacer. Por un lado me ocupé de los aspectos técnico–teóricos y por otro trabajar algo que yo creo que el libro tiene y que es muy importante y es lo motivacional. Yo trabajo siempre sobre el concepto de que si se quiere escribir, hay que sentarse a escribir. Sólo es posible saber si uno tiene talento, una vez que uno ha escrito. La escritura es siempre, un ensayo de prueba y error –asegura Chiabrando, a su vez, autor de Los turistas no tienen domingo (1998) y Todavía no cumplí cincuenta y ya estoy muerto (finalista en 1999 del concurso La Sonrisa Vertical de Editorial Tusquets). En este sentido hay dos operaciones fundamentales que concurren en este camino: la primera tiene que ver con que cuando uno empieza a escribir lo que hace es una conexión con el imaginario propio más profundo, algo que no aparece en la cotideaneidad. La otra operación tiene que ver con el recorte lingüístico que uno hace al acercarse a la escritura, que es el esquema con el que uno va a seguir trabajando cuando escriba; es decir, al tomar la decisión de escribir, hay una cantidad de palabras que uno adopta y otro tanto que deshecha”.
Luego de un breve prolegómeno en el que baraja las posibles condiciones en las que podría arribar el lector a la obra (sea con un flamante título bajo el brazo, con un curso, un taller, aconsejado por alguien o simplemente con la decisión tomada), Chiabrando devela su primer secreto, –y, créanlo, no es un secreto a voces, más bien todo lo contrario–: “El escritor debutante debe encontrar la felicidad en la escritura”. Es posible que ya aquí claudique una larga ristra de aspirantes. “‘Querer escribir, poder escribir’, apunta a analizar una serie de pasos, algunos de ellos inevitables, para dejar de ser un aprendiz de escritor y aproximarse a la posibilidad de serlo realmente”, dice el autor al comienzo del libro.
Desacralizando procesos y resultados, y sin descartar la eventual aparición de la diosa fortuna, Chiabrando (que es escritor y músico) sí aclara que, mayormente, el éxito en el mundo editorial es fruto de una mezcla adecuada de creatividad, esfuerzo y perseverancia.
A continuación, se deshilvana una serie de capítulos que el mismo autor resume con precisión: “los capítulos 1 y 2 proponen una forma de encarar los duros comienzos de la escritura e intentan dar algunas ideas para lograr un cierto orden en la escritura. Una vez logrado ese orden primario, avanzamos en las exploración de dos elementos que pueden hacer que nuestro texto comience a lucir; capítulo 3: el valor de la escena y de los detalles. En el capítulo 4 entramos en el trabajo específico del escritor y en lo beneficioso que resulta encontrar un método, que si bien no es una solución mágica, seguramente evita la pérdida de tiempo y la dispersión de las ideas. El capítulo 5 aborda los fundamentos de una buena escritura: el estilo y sus posibilidades de ser enseñado. Los capítulos 6 y 7 desarrollan una serie de ideas sobre lo que se esconde dentro de una trama. El 8 es un llamado de atención sobre las trampas que un escritor encuentra en su camino. El 9 habla de la relación entre el escritor, el texto y el lector”. A modo de corolario, una reflexión sobre los valores absolutos del arte (que empieza: “en el arte no existen valores absolutos”) y un apéndice que incluye un cuento propio –a modo de ejemplo de todo lo dicho anteriormente–, concluyen el trabajo.
“Una pregunta que me hacen siempre en el taller es: ¿cómo se escribe una novela? –finaliza Chiabrando–. Más allá del talento de cada uno, mi respuesta es siempre la misma: con mucho tiempo”.
Juventud Rebelde. Diario de la juventud cubana
Dos argentinos que admiran
Randol Peresalas
De escritores que leen a otros escritores y luego los comentan con admiración y agudeza, y de perspicaces lectores —artistas ellos mismos— que tras devorar centenares de libros son capaces de intuir los mecanismos del arte narrativo y tienen la bondad de compartirlos, se trata en estas líneas. ¿El pretexto? Dos autores ejemplares. La feria del libro regala a sus asistentes, aprovechando la presencia de Argentina como país invitado de honor, dos títulos de inapreciable valor en ese sentido: Diarios de escritores y otros ensayos, de José Bianco, y Querer escribir, poder escribir, de Javier Chiabrando.
El primero, sellado por el fondo editorial de Casa de las Américas, propone un cuidadoso compendio de artículos pertenecientes a uno de los más genuinos representantes de la lengua española. José Bianco, nacido y muerto en Buenos Aires (1908-1986), incursionó, además de la novela, en el periodismo. Fue también un notable traductor de Henry James, Jean Paul Sartre y Ambrose Bierce, entre otros. Su vínculo con la célebre revista Sur le ganó elogios de Jorge Luis Borges, quien prologara con desconocida vehemencia no pocos de sus libros, y no pocas controversias con Victoria Ocampo, la directora, en particular por la relación de este con la Cuba revolucionaria.
Escritor de innegable inspiración, cuya poética lo inclina con frecuencia hacia lo fantástico, fue amigo de numerosos autores que hoy son clásicos de la literatura latinoamericana. Su estilo preciso y elegante cosechó frutos en la categorización de importantes figuras noveles y en la definitiva consagración de aquellas más conocidas. Su prosa pulcra y en ocasiones semejante —con toda intención— a la de sus examinados —léase el impetuoso análisis que le reserva a la obra de nuestro Virgilio Piñera, contenido en esta edición— lo ubican en la cúspide de la ensayística del continente.
Tal como nos tienen acostumbrados los editores de Casa de las Américas, el volumen exhibe una inmejorable distribución de sus materiales. El pensamiento de Bianco se adelanta desde la misma portada, sobre la cual gira, a modo de juego óptico, una de sus frases más contundentes: «El yo recóndito del escritor, tan distinto del yo de la vida cotidiana». Hacia el interior de sus páginas nos espera un viaje seguro y a ratos sublime: Stendhal, Camus, Martínez Estrada, Proust… Todos y cada uno de ellos vistos con ojos y cerebro de literato, de hombre sensible y certero.
En cuanto al libro de Javier Chiabrando, todo parece indicar que será un éxito inmediato. Querer escribir, poder escribir, presentado por la Editorial Oriente, resulta inestimable para quienes aspiran a convertirse en escritores, sin que su autor prometa el trono de la literatura. Renunciando a fórmulas decisivas y a excesos teóricos, sus páginas persiguen estimular en sus lectores aquellas zonas de la creación aún dormidas por diversos complejos.
Con Chiabrando se engrosan las filas de autores nobles, incapaces de sentir mezquindad ante sus descubrimientos. Ese detalle los dignifica como ninguno. Profesor de múltiples talleres para narradores, lo que le endilga un aval envidiable, el argentino plantea desde el inicio las reglas del juego: «La literatura no es una ciencia exacta. Por lo tanto todo aquello que se aprende debe ser ratificado con la práctica». El tránsito que va del deseo a la concreción, tal como dicta el título, está plagado de innumerables obstáculos que cuando menos conducen al desaliento. La labor del escritor requiere de paciencia, pero sobre todo de exploración. Quien desconozca sus posibilidades, quien no pueda definir sus intereses con sentido práctico, difícilmente podrá acceder a la revelación que implica la escritura como expresión humana.
Mediante un lenguaje coloquial y directo, Chiabrando propone lo que él mismo ha llamado un libro motivacional. Su estructura no sigue la de una clase, aunque sin dudas lo es; se trata más de un paseo de la mano del maestro, donde no importa tanto el examen final como la experiencia del conocimiento. Es cierto que la palabra método nos sorprende a cada paso, pero no estamos ante un régimen cerrado: si bien la literatura no es como la matemática, su naturaleza ofrece infinidad de combinaciones que la hacen tan rica como esta.
Ambos autores, desde épocas y perspectivas artísticas diferentes, confluyen sin previo acuerdo para avisar sobre un camino difícil, pero estimulante: la narración literaria y su trasfondo ambiguo, donde la razón y la demencia ocupan igual número de casillas en el tablero del arte. Creo que la fascinación por los libros de otros fue lo primero. Luego les vino un impulso que no pudieron controlar.
LA GANGSTERERA: MAR NEGRO
Por José Ramón Gómez Cabezas
La editorial Barataria, que debe su nombre a un pasaje del Quijote, posee dentro de su catálogo, una interesante oferta de volúmenes divididos en cuatro colecciones: Inferno, Bárbaros, Mar Negro y Documentos.
Bien es cierto que el planteamiento que se hacen desde esta editorial independiente puede resultar arriesgado, por una parte rescatar una narrativa secretamente divulgada sobre todo en las clases populares y algunos sectores sociales más proclives a aceptar algo distinto, y por otra parte en la búsqueda de lo testimonial y lo diferente en nuestra propia época.
Esta clara apuesta por lo alternativo se ve perfectamente reflejada en su colección dedicada a la literatura negra: Mar Negro, donde encontramos autores de futuro prometedor con otros ya consagrados.
Es en esta colección donde Massimo Carlotto publica en el año 2005 por primera vez en España las andanzas del caimán (El blues del caiman) , músico y ex presidiario que de la noche a la mañana se ve envuelto en un turbio asunto que lo encumbrará como mito ex carcelario a las mas altas cotas del devenir detectivesco. Ese mismo año Barataria también publica dentro de esta colección junto a los títulos de Sarah Dars (Eclipse en Madrás) y Miquel Silvestre (La dama ciega) un magnifico Thriller que pasó casi desapercibido para la mayor parte de la crítica: “No apagues la luz”, de Stefano Tura, un relato sólido de ritmo frenético, con personajes consistentes y una trama retorcida, pero coherente. Esperemos que Barataria siga apostando por este autor y en breve veamos publicadas en España las otras dos novelas del inspector Gerace.
Para el año 2006 Barataria decide seguir apostando por Carlotto y su caimán, “El misterio de Mangiabarche” será la continuación de las aventuras de este investigador tan particular, aficionado al blues y al calvados. La irrupción novedosa o la frescura de un personaje como el caimán se ven eclipsadas en esta segunda entrega por su magnífico primer título y por una trama que en algunos momentos adolece de credibilidad al apostar excesivamente por un fondo cinematográfico. Las novelas de Julián Ibáñez también tienen un trasfondo peliculero, marginal y cutre, de película de Almodóvar o Alex de la Iglesia, sus personajes al margen de Novoa, se manejan con total soltura en bares de carretera y es allí donde se cuecen historias como las que nos relata en otra de las publicaciones de esta colección, “Que siga el baile”, un relato duro, directo al mentón, de esos que nos muestras el buen hacer de este autor y que hacen las delicias de los que echan de menos el hard-boiled cañí.
Las dos últimas apuestas de la colección Mar Negro para este año 2007 son estas publicaciones de títulos sugerentes: Mientras mi niña duerme, de la italiana Rossana Campo y Todavía no cumplí los cincuenta y ya estoy muerto, del argentino Javier Chiabrando.
En la primera de ellas, Rossana Campo, calificada por sus compatriotas como la “maestra de la novela conversación” por su habilidad y precisión en el manejo del lenguaje, nos plantea como en todas sus novelas publicadas en Italia, un relato donde las mujeres pelean, sufren y sobreviven en un mundo hostil al menos para aquellas que luchan de forma inquebrantable por su independencia.
En este caso una joven cronista de sucesos acostumbrada a moverse por la marginalidad que implica su trabajo, se ve “involuntariamente” embarazada del hijoputa como ella lo llama, su anterior pareja, contra el cual no duda un instante en descargar de forma verbal toda la carga hormonal y mas, que se pueda derivar de su estado.
Dolida por el despecho del abandono, una noche aparece en escena Fruit, una arrebatadora cantante con la cual además de una tórrida noche comparte una primera fase de enamoramiento.
Al día siguiente todo se complica, una serie de enrevesados asesinatos convertirán a nuestra protagonista en una improvisada detective, bueno, mas bien detective y media, puesto que la determinación de esta insólita investigadora le llevará a recorrer los amenazantes ambientes de un oscuro París con su barriga a cuestas.
Rossana Campos en esta su primera publicación en España, irrumpe en la novela negra con bastante fuerza y una investigadora única y peculiar. La autora sabe canalizar perfectamente los pensamientos de su protagonista a través de un lenguaje fluido que vértebra en todo momento una trama no demasiado complicada pero igualmente efectiva.
El segundo de los títulos, Todavía no cumplí los cincuenta y ya estoy muerto, es algo mas difícil de clasificar pues cabalga entre dos géneros, el negro y el erótico, de hecho su polifacético autor Javier Chiabrando, ha sido dos veces finalista del concurso de narrativa erótica La sonrisa vertical.
En esta novela de título atractivo, se esconde una historia truculenta que divide el relato en presente y pasado. El protagonista es un hombre marcado por el sexo desde su infancia, no de forma traumática si no más bien en el sentido del descubrimiento. Esto pautará desde un principio la relación con sus padres, con Virginia, con su oscuro presente en el que se ve acosado, perseguido, no solo por las consecuencias de vivir al margen de la ley, si no también por hechos acaecidos en su despertar junto a Virginia y en el que sin duda entre los dos asesinaron a alguien.
La muerte, el sexo y la venganza son los tres ejes psicoanalíticos que marcan este inquietante libro, que hará las delicias de los que gustan de generosas dosis carnales dentro del género negro y donde Chiabrando despliega sin sutileza alguna toda su habilidad narrativa para tejer un thriller desquiciante.
Dos novelas que en definitiva consolidan una interesante línea editorial que apuesta por algo diferente y que sin duda ha sabido hacerse un nombre propio dentro del género.
Mientras mi niña duerme
Rossana Campo
BARATARIA, 2007
Todavía no cumplí los cincuenta y ya estoy muerto
Javier Chiabrando
BARATARIA, 2007



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