Carta de amor o casi cuento
A alguien se le ocurriò un libros de cartas de amor y me pidiò una prueba. El libro nunca se editò (como suele pasar con emprendimientos semejantes). Se editò tiempo despuès en la revista “La avispa”. Acà va la carta, que es casi un cuento.
Debo decirte, querida mía, que nunca entendí esa insistencia tuya por enojarte con Neil Diamond cada vez que discutías conmigo. Sé – lo recuerdo muy bien -, que nos dimos cuenta de que éramos el uno para el otro cuando bailamos (como los dioses, si bailaran) Sweet Carolina en aquella fiesta. Qué curioso: de esa fiesta recuerdo casi todo menos lo que se festejaba. Recuerdo el color de los manteles y el color de tu vestido, la marca del vino que bebíamos y las primeras palabras que te oí decir: “no soy muy buena bailando”. Recuerdo también que después de Sweet Carolina saltamos con Satisfaccion y luego (para que veas de qué manera atesoro ese día en mi memoria) cantamos todos, pero todos los presentes, incluso el que daba la fiesta (Rubén, se había salvado de la colimba y juntó a sus amigos, ahora lo sé), sus padres y nosotros dos cantamos Cocaine de Eric Clapton. Sin embargo no te enojás con ellos (ni con Eric, ni con Mick, ni con Rubén, ni con sus padres que eran los que te habían invitado a la fiesta excusados en un lejano parentesco; yo era amigo de Rubén desde la infancia) sino con Neil al que jamás volvimos a oír cantar porque esa sola canción nos bastó y bastará de lo bien que la bailamos. Luego hubo otras canciones en nuestras vidas. Algunas eran mías y te las presté. Otras eran tuyas y te las robé. (También hubo posiciones irreconciliables que por suerte he olvidado y espero que vos también; es que malas canciones abundan). Otras muchas aparecían de pronto en la radio o en la calle y ya las estábamos cantando o tarareando o bailando. Pero con ninguna de ellas te enojaste jamás. Solo con Sweet Carolina. Tal vez te da un poco de vergüenza haberte enamorado de mí con esa canción tan estúpida de fondo. No sé si es un consuelo pero otras parejas tuvieron menos suerte. Amigos míos se enamoraron con el Pata Pata. Imaginate. Y fueron felices. Creer o reventar. Nunca me lo dijeron pero supongo que nos envidiaban porque Sweet Carolina al menos se puede tararear como hacíamos nosotros cada vez que simulábamos que estábamos de nuevo viviendo esa noche, esa fiesta, este amor. Con el Pata Pata no hay remedio: se agota en cinco segundos y los pataduras quedan demasiado expuestos a la vergüenza. Pero a vos no te importa la comparación (te lo dije cien veces y ya dudo de que sea verdad con tanta insistencia de mi parte; ¿quiénes eran los estúpidos que se enamoraron con el Pata Pata?). Cada vez que llegamos a este punto todo te suena a excusa y yo me veo como un salame defendiendo a un cantante que no me interesa y a una canción que apenas me gustó entonces y ya me aburrió. Entonces, si lo que vos querés es burlarte de Neil y de su peinado sin pensar que el pobre se batía el pelo porque se estaba quedando pelado como al fin nos quedamos todos los hombres hayamos sido felices, infelices o legionarios en la legión extranjera, burlate tranquila. Ya no me importa. Y si querés, luego, enojate con Rubén, con sus padres, con Mick y con Eric. Ahora, querida, cambiemos de tema. Literalmente. Es hora de que dejemos de culpar al pasado cada vez que no nos gusta lo que el otro piensa o hace. Es inevitable. El pasado es inevitable, inconmovible, imborrable, nuestro. Por eso, para recordar este amor que ya lleva como ciento veinte rankings – además de hijos que aman la buena música – y cientos de éxitos absolutamente intrascendentes aunque tan pegadizos como efímeros, quiero ofrecerte un regalo que compré con amor y en créditos. Dudé mucho. Te confieso que no sabía qué regalarte para este nuevo aniversario. La ropa te sobra, los viajes los elegiremos juntos, cosas de la casa no necesitamos ni vos ni yo ni la casa (más hijos ni hablar). Este regalo me lo sugirió la televisión, quién lo diría. Y hasta te lo mandan a tu casa. Por eso no te lo envuelven para regalo aunque el estuche es de lo más coqueto. Elegí. Ahora es tu turno de desquitarte. Supongo que algo interesante vas a poder encontrar ahí adentro. Algo te tiene que gustar lo suficiente como para olvidar Sweet Carolina y dejar en paz al pobre Neil y su entretejido (¿sigue vivo?, ¿sigue cantando?). Y cuando elijas una de esas quinientas canciones de amor seleccionadas por un disc jockey cuyo nombre no recuerdo y agrupadas en diez discos titulados categóricamente “Los grandes éxitos románticos de todos los tiempos” – está Feeling, Summertime, Bésame Mucho, My Way, Garota, Ne Me Quite Pas; pero elegí vos sola, no quiero condicionarte – la bailaremos hasta caer agotados. Aprenderemos a bailar de nuevo si es necesario. Recordaremos. Tararearemos nuestra nueva canción como si estuviéramos en esa misma fiesta festejando algo que no nos importa ni nos incumbe porque lo único que nos importa y nos incumbe es seguir bailando como los dioses si los dioses bailaran.
Javier Chiabrando











