Piedra, papel y tijera
Editado en la Revista La Pecera
PIEDRA
Sin embargo nunca me trataron de extranjero. Menos de sucio extranjero o de negro de mierda. Será porque soy blanco, caucásico, de origen italiano y más atrás griego. Y uso corbata. Hoy, por ejemplo, llevo puesta una que vale cuatrocientos francos. Sólo una vez me escupieron las palabras mágicas: allez chez vous. Soy un privilegiado. Pienso en eso, mientras camino por Champs Elysées, el día de mi cumpleaños número treinta, en eso y en las ganas que tengo de ponerme un aro igual al del Corto Maltés, un arete redondo y pesado, oreja izquierda. Lo pienso y no lo haré. Ya lo sé. Pero pensarlo me divierte. Y contarlo también. Se lo cuento a mi mujer que por supuesto no me cree. Ni me oye. Es que hay tanta gente y tiran tantos cohetes que es imposible oír nada. Estos sí que festejan fin de año a lo grande. Gran avenida, grandes tiendas, grandes cohetes y un odio de colección. Odio entre franceses y árabes. O entre franceses y negros. O entre franceses del sur y del norte. O entre vecinos. Si no me dicen extranjero acá creo que nunca más. ¿Me habré vuelto uno de ellos? Se lo pregunto a mi mujer que nuevamente me desoye. Estoy tentado a decirle que ya no la quiero más. O que pienso abandonarla por la hermana menor. Total. Al fin no digo nada, que se entere por los diarios. El ruido, el gran ruido me desalienta. Es treinta y uno de diciembre y en Champs Elyseés hay mil, dos mil, diez millones de personas festejando. La gente camina sobre los coquetos canteros y algunos dementes, seguramente extranjeros, de Alaska, se tiran a una fuente repleta de agua fría y salpican a los paseantes decentes como nosotros. Es casi imposible llegar al Arco del Triunfo y sin embargo lo intentamos. Atrapados por la muchedumbre nos dejamos llevar y mi mujer me toma de la mano por miedo a que nos perdamos uno al otro para siempre jamás. La gran avenida está decorada de punta a punta y a cada lado con macetas rojas con un árbol del tamaño de un hombre entre cada policía antimotines del tamaño de mi tío Luis. Así desde la Place de la Concorde hasta el Arco que cada vez parece más lejos. Maceta, policía, maceta, policía, puerta, policía, esquina y policía. Yo estoy feliz por mi cumpleaños. Mi mujer no. Es que hemos decidido volvernos a América, a ver si la hacemos, y ella no quiere. Entonces me castiga no gustando de mi aro del Corto Maltés. Europa me tiene harto, lo reconozco y ella lo niega. Demasiado odio. Que se arreglen entre ellos. Que armen barquitos de papel y jueguen una batalla naval en el mediterráneo. Franceses contra árabes o contra negros. Yo, como dije, soy caucásico, italiano, varias veces bilingüe, un ciudadano del mundo. Y no logro tomar partido. Para mí todos tienen razón. Mis amigos franceses dicen que sus casas se desvalorizan. Es verdad. Mis amigos árabes que nadie les pidió que fueran a romperle las pelotas. Es cierto. Los negros también tuvieron lo suyo y los latinos y los de Este y los gitanos. ¿Y yo, entonces? ¿Y mi vida? Ahora no quiero pensar en esto. Es mi cumpleaños número treinta y estoy feliz. La marea de gente nos lleva hasta la puerta de un restaurante y de ahí hasta Virgin. Hay buenas ofertas de discos que vencen hoy. Intento entrar pero mi mujer está atascada entre dos señoras mayores y muy elegantes. Poco a poco llegamos a una esquina aunque no sé si nos dirigimos al Arco. Nos detenemos y después de media hora avanzamos dos pasos. No sé por qué milagro, diez minutos después casi corremos. De nuestro grupo seis caen al suelo y una embarazada se desmaya en brazos de su marido. A tiro de piedra hay un tumulto. Un grupo de chicos está agrediendo a dos árabes de su misma edad. Son ocho contra dos. O veinte contra dos si contamos el apoyo espiritual de los que miran. La historia se repite. (Más casas que se deprecian). Los árabes se escabullen entre la gente con la típica sagacidad de los que han sido maltratados toda la vida. No sé, parecen culpables. Será la luz. Corren por una calle lateral y son corridos hasta que chocan con una valla. Más allá no hay nada, ni siquiera libertad. Acorralados miran con miedo. Las dos señoras mayores asienten sin saber de qué se trata. La policía ni asiente ni se da cuenta. Uno de los chicos árabes levanta una piedra y la arroja contra los agresores. Los agresores también usan piedras. Las señoras insultan. Yo busco, busco y busco hasta que encuentro la piedra más grande de todas. La lanzo y me siento un discóbolo. Se lo digo a mi mujer y no me oye.
PAPEL
Carnavales eran los de antes, piensa Bernard Dutroc parado en la puerta de entrada de Chez Dutroc, inaugurado el 20 de Julio de 1913. Casi noventa años en la misma esquina. Hasta De Gaulle se sentó en sus sillas. Cierra sólo los domingos, haya guerra mundial o no. Ni los oficiales nazis resistieron la tentación de beber su café ou lait viendo pasar bellas francesas que miraban con un miedo que disimulaba el desprecio. Los nazis eran ruidosos pero pagaban religiosamente, recuerda Bernard. Él tenía diez años y también recuerda a su padre amenazando con envenenar los cafés que consumían. Era, a pesar de todo, aunque suene raro, un mundo sencillo de habitar. Una vida agradable porque todos sabían que la guerra terminaría algún día y quiénes eran sus enemigos. Nunca hubo guerra eterna, ni amor tampoco. Y menos enemigo inmortal. Chez Dutroc cierra sólo los domingos y por eso hoy, 31 de diciembre, jueves, está abierto, recibiendo los cansados peregrinos que no logran llegar al Arco del Triunfo por culpa de una marea de gente que se mueve al ritmo de la casualidad. Hoy es un buen día para Bernard Dutroc. Un buen día en una época difícil. No es un problema de dinero, no. Bernard tiene casa, auto, departamento en Cannes, es propietario del local del café y de tres oficinas que construyó encima. Es que el prefería las cosas como se hacían antes, antes de los ochenta, incluso de los setenta. Del otro lado mismo de Champs Elysées estaba la panadería de Joaquim que le traía el pan caliente a las seis de la mañana y desayunaba junto a Bernard café, croissants y una copita de calvados. Y no lejos de la Av. de Foch, entre el Bois de Boulogne y la Defense estaba la quinta de Sara, una italiana que dos veces por semana le traía las legumbres y las especias y hasta le ayudó a corregir dos recetas que por culpa de un cocinero belga se habían distorsionado hasta perder su identidad de comida francesa Chez Dutroc. Sara y él, es más, habían, entre cacerolas y sartenes, tenido un romance que no alteró sus negocios ni sus vidas familiares. Y la carne, ¿eh?, la carne. La carne se la proveía Andrei desde antes del final de la guerra, desafiando las leyes de racionamiento, corriendo riesgos físicos para hacerlo feliz a él y sobre todo a sus clientes. Era carne de vacas que el mismo Bernard llegó a conocer. Así con los huevos, los pollos, el café, la leche y el vino. Bernard suspira cada vez que mira la foto del camión cargado de barriles con vino que una vez al mes le llegaba directamente de Bordeux a su negocio. Ahora los proveedores entran por la puerta trasera, descargan lo que el gerente de compras les pide por Internet, cobran en la oficina que está sobre el café y algunos ni siquiera saben quién es Bernard Dutroc y que el negocio se fundó en 1913. Y no trabajan para personas sino para empresas que venden la misma mercadería a cien mil cafés a la vez repartidos es cuarenta países. Y no hablemos de los clientes, por favor. Antes eran personas comunes, obreros, funcionarios y artistas, codo a codo con Bernard, que sabían apreciar la buena comida y la buena conversación. Ahora son japoneses con incontinencia verbal, italianos con autos rojos o amarillos exclusivamente, latinoamericanos gigolós, españoles ultracosmopolitas, alemanes ecologistas, árabes diplomáticos y negros bailarines o músicos. Todos apurados, tomando fotos, quemándose con el café para ir a ver la vidriera de Kenzo y comprobar que es tan caro como dicen. Y los franceses que comen allí ya no hablan ni con él ni con los camareros, que tampoco son de hablar demasiado porque les pagan para atender mesas y no para asesorar turistas. ¿Y el futuro? ¿Quién continuará su negocio? ¿Qué merde estudiaban sus hijos? ¿Por qué se preocupan tanto por hablar inglés si todos los que entran a Chez Dutroc se esmeran hasta el ridículo por pronunciar croissant correctamente? Como hacía todos los días de los últimos sesenta años a la seis de la tarde Bernard Dutroc entra en la cocina, moja un pedazo de pan en la enorme olla donde se cocina la salsa y se lo lleva a la boca. Satisfecho, vuelve al salón. El mozo más antiguo de todos, treinta años a su servicio y sin tutearlo, le alcanza una copa con diez decilitros de vin rouge que él bebe de un trago. Carnavales eran los de antes, piensa cuando una piedra le rompe un vidrio de la puerta de entrada.
TIJERA
París en invierno es una postal. Frío, lluvia y viento que te obligan a caminar encorvado, con las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo en alto, haciendo que parezcas un hombre atacado por una decepción sentimental o un espía en busca de un portal aunque seas un hombre común con el suficiente dinero como para visitar París una vez en la vida. Un día soleado se puede considerar otoño. Esa es la máxima concesión del invierno en París. Una de las tantas tradiciones del lugar, nacida no se sabe cuándo, es recibir el año nuevo en la avenida Champs Elysées, rodeado por personas de todas partes del mundo y algunos pocos parisinos, contando los segundos en los enormes relojes de las esquinas, sufriendo frío, olvidando el frío por el lastimoso hacinamiento y la sensación de que el mundo está superpoblado y es peligroso. Pero nada de eso importa ahora excepto que la casa Virgin de Champs Elysées cerraría ese día dos horas más tarde de lo habitual y no reabriría hasta el lunes 4 de enero y que allí trabajan desde hace seis meses Lino, Claude y Luc. La idea de buscar trabajo en Virgin fue de Lino. Se presentaron los tres juntos ante el encargado de reclutamiento y le dijeron que habían nacido para eso. Luc llegó a insinuarle que si no conseguían ese trabajo iban a caer en las garras del delito. El gerente los contrató enseguida, impresionado por la decisión más la metáfora cinematográfica y porque Luc, Lino y Claude representaban perfectamente el perfil de cliente que Virgin intentaba atraer: jóvenes, consumidores, encantadores, independientes, iconoclastas, irreverentes y transgresores; bolsillos vírgenes en beneficio de Virgin. Los tres primeros meses estuvieron en embalaje y entrega y los siguientes tres en el piso de música rock, rap y pop que tenía grandes ventanales que daban a Champs Elysées y desde donde ellos miraban a la gente y se reían de sus caras de decepción o miedo. Como sucede en la vida, los tres amigos eran muy diferentes entre sí, pero cambiaban tan a diario que a veces parecían copias. En la puerta de sus casilleros Luc y Lino tenían una foto de la selección campeona y Claude una en la que estaban él y Manu Chao abrazados. Sin que esto sea relevante, ni que haya actuado sobre sus ánimos, Luc y Lino habían decidido y planeado burlarse de Claude. No sabemos si era en devolución a alguna otra broma infantil (la tapa del salero floja, la manija del casillero sucia de tinta, la cerradura obstruida con goma de mascar) o si era la primera broma que generaría otra y así hasta que se volvieran adultos y oscuros. La broma era simple: encerrarlo con llave durante una hora en el baño de empleados del segundo subsuelo y trabar la puerta del pasillo para impedir cualquier otra visita. Lo engañaron con excusas tontas y lo encerraron a las cinco y cuarto. Lino y Luc volvieron al piso y vendieron discos que ellos consideraban abominables. A las seis Luc compró chocolate caliente en una máquina expendedora automática que estaba en el piso de jazz como parte de un acuerdo que incluía que sería Lino el encargado de liberar a Claude y de sufrir su ira. El plazo estaba por cumplirse cuando dos policías antimotines entraron corriendo a la tienda para protegerse de las pedradas. Eran dos policías enormes que en su carrera arrastraron clientes y una maceta que rodó y ensució el piso. Sobre el frente de la tienda se desató una lluvia de piedras. Algunas golpearon los vidrios de los pisos superiores y una hubiera dado en la cara de Luc de no haber existido una barrera entre ella y él. Los clientes y los empleados corrieron instintivamente hacia el fondo del local y un supervisor ordenó cerrar las pesadas persianas metálicas. Más policías antimotines entraron al negocio y otros muchos se debatían en el exterior contra enemigos invisibles. Los clientes corrían escaleras abajo y se escuchaban sus gritos de miedo entre las palabras de los supervisores que anunciaban que iban a salir por el subsuelo del estacionamiento. Luc, Lino y otros tres empleados guiaron a los primeros clientes hacia la libertad. Quedarían veinte o menos cuando la luz de todo el edificio se apagó. Luc, Lino, dos supervisores, seis clientes y tres policías llegaron al estacionamiento ayudados por linternas. Los policías hablaron por radio y corrieron a cumplir una orden. Parecían felices. Los dos supervisores se montaron en el auto de un cliente y se fueron sin despedirse. Luc y Lino salieron por una escalera de emergencia a una calle lateral. Vieron gente corriendo sin rumbo y una piedra que rompió el vidrio de la puerta de entrada de Chez Dutroc que a los pocos minutos había expulsado a sus clientes y cerrado sus puertas. Se miraron sin miedo y casi sin curiosidad. En sus casas los esperaban padres, tíos, hermanos, primos y amigos para festejar el fin del año. Las piedras iban y venían sin sentido. ¿Era todos contra todos o nadie contra nadie? Camino a Champs Elysées juntaron todas las piedras que cabían en sus manos y bolsillos.










