El alfil y la dama

El alfil y la dama (Editado en el Nº 3 de la Revista El Margen)

El vestido verde que la cubre se desliza sin ruido por su piel, toca el suelo y adopta una posición extravagante, entre pintura moderna y charco de agua. Yo la miro con la cara de turista con la que miré aquella vez la Venus de Milo, pero somos simplemente un hombre que mira y una mujer desnuda. Su cuerpo blanco está a dos metros de mí. Metro y medio, tal vez. Metro, si uno de los dos se balancea. La miro hasta que comienza a brillar. Bajo la vista buscando reparo pero el rayo –el brillo fue luz y la luz ya es un rayo, mi cerebro lo entiende todo muy rápido– me alcanza igual y me hiere. La miro por última vez y lo que veo me recuerda a las mujeres de mi pueblo cuando las espiábamos por una claraboya rota del baño del club. Vencido, cierro los ojos. Me sumerjo en luz, me hundo, caigo. Me parece, aunque no estoy del todo seguro –tengo los ojos cerrados– que ella no deja de brillar y brillar. Pero no es un espectáculo fuera de cartel. No es la Venus de Milo ni la Torre Eiffel curvándose o el Coliseo rodando por la Vía dei Fori Imperiali. No. Eso estaría bien y valdría su precio en dólares. Es sólo una mujer de cuerpo perfecto que luego de desnudarse frente a mí se puso a brillar como plata pulida. (Qué gusto me daría poder contárselo a mi mujer. Lástima que me abandonara. Ella se lo pierde. Seguro que no me lo creía. Ni debe saber quién es la Venus de Milo).Después de tan notable introducción, no sé cómo decir que hace apenas dos horas estaba sentado frente a mi tablero de ajedrez comiendo los restos de una pizza infinita cuando una mujer con una pistola en la mano me golpeó la puerta. Yo acababa de llegar de la oficina y aún no me había librado del recuerdo de las palabras de mi jefe. Dije palabras pero eran gritos. Porque mi jefe grita todo el tiempo y todo el tiempo me grita a mí. Es un hombre vulgar y pequeño, un poco más gordo que yo y bastante miserable. Lo bastante como para negarse a poner dinero para el regalo de mi cumpleaños número cuarenta: el libro de los “Mil Problemas del Ajedrez”. Me lo regalaron hace tres años, exactamente seis meses antes de que mi mujer comenzara a maltratarme y un año antes de que se fuera.Problema número ochocientos seis -ochocientos tres resueltos y dos defecciones-: las blancas deben dar mate en cuatro jugadas. Pensé todo el fin de semana y el domingo a la medianoche decidí que el lunes a la tarde jugaría caballo seis alfil rey, jaque. El rey enemigo podía huir a la casilla negra que está a sus espaldas o a la blanca que está en diagonal hacia la derecha, donde siempre estaría a tiro de mis alfiles. El lunes madrugué más temprano que de costumbre. Casi no pude dormir en toda la noche. Desayuné sentado en la silla frente al tablero, orgulloso de mi caballo. Era un buen caballo, único sobreviviente de una gran estirpe (al otro se lo había devorado una torre). En la oficina estuve todo el día en las nubes. Mi jefe me gritó varias veces. Nunca supe de qué hablaba. (Otro que tampoco sabe lo qué es la Venus de Milo). Salí del trabajo a las siete en punto. Como el colectivo demoraba caminé hasta mi casa. Llegué transpirado. Mientras ponía la pizza del sábado en el horno me sequé con un repasador. Once minutos después estaba frente al tablero con un pedazo de pizza a la derecha y un vaso de vino a la izquierda. Llevaba aún corbata pero no saco. Mordí pizza, mastiqué, me limpié los dedos con el mismo repasador con que me había secado la frente y levanté el caballo en el aire. Golpearon la puerta. ¿Una señal? (Un buen jugador debe interpretar las explosiones del cosmos). Dejé el caballo sobre la casilla original y me alejé unos pasos del tablero para no caer en la tentación de actuar acusando problemas de reloj que no tenía. Otro golpe resonó en la sala. Fui hasta la cocina, apagué la luz y volví al tablero. Otros tres golpes. ¿Era caballo seis alfil Rey o tres torre? Más golpes. Abrí la puerta con violencia. Quería que quien me molestaba huyera como huiría el rey contrincante luego de mi jugada mortal. Ahí estaba la mujer más linda del mundo. Rubia, alta, una faraona dispuesta a traicionar siempre, en cualquier ocasión, obedeciendo a su humanidad. Me miraba como los jugadores de básquet miran al árbitro. Vestía una bata a punto de explotar. Su cara merecía ser exhibida en la pared mayor del Louvre. Sus ojos eran de metáfora imposible. Sudaría Chanel añejado. Era mi vecina. Y llevaba una pistola en su mano derecha. – Maté a mi marido – me dijo. Estiró su mano izquierda, me agarró de la camisa y comenzó a arrastrarme. Yo apenas percibía lo que pasaba de tan obsesionado que me tenía la otra mano con pistola. Por la fuerza con que me sacaba de mi casa, se diría que la mano izquierda había heredado la fuerza de la derecha, agotada en el hercúleo acto de apretar el gatillo. La parte superior de mi cuerpo atravesó el umbral y mis pies, torpes y desinformados, se mantenían aún dentro de la casa obedeciendo a la sana costumbre de moverse poco. En tanto ella y yo trazamos una curiosa coreografía no exenta de encanto que comprendía mi cuerpo oblicuo y su mano armada en busca de un lenguaje común que les permitiera entenderse para luego partir todos felices hacia un destino próspero. (Su bata crujió). Uno de mis pies al fin se movió. Mi mano voló hacia el picaporte mientras mi cabeza giraba buscando el tablero de ajedrez. Un cineasta lo presentaría así: 1) plano general: el pasillo, la puerta, ella, yo, luz mortecina, sordidez, música; 2) plano general: ella me arrastra; 3) primer plano: mi cabeza que gira; 4) plano objetivo: la cámara, o sea mis ojos, se alejan del tablero; 5) plano detalle: el caballo de la discordia sigue en su lugar. – Me golpeaba todos los días, me tenía harta –dijo-. Una vez casi me manda al hospital. Me tiró por las escaleras. Yo le dije que no se me acercara. Se me rió en la cara. Y lo maté.Yo apenas la escuchaba. Toda mi atención estaba puesta en no perder el equilibrio. Ella tironeó de mi ropa con tanta violencia que mi cuerpo catapultado voló por el pasillo. En el aire me aferré a lo primero que encontré: el brazo que sostenía la pistola, que subió como un péndulo hasta mi cara. Nuestros cuerpos casi se tocaron pero se interponía la pistola. Una bocanada de perfume, mezcla indefinida de colonia, miedo y pólvora me excitó como si no fuera yo. No siendo yo tuve el valor de arrancarle el arma de su mano agarrotada y obligarla a escucharme. Le iba a decir que su mano izquierda estaba caliente y húmeda y la derecha fría y seca. Pero dije: – Irene, tenemos que avisar a la policía.Se llama Irene y había estado en mi casa cuatro años atrás pidiendo azúcar. Mi mujer le había preguntado el nombre y yo lo memoricé. Luego sólo encuentros corteses en el ascensor y una vez en el supermercado. – Irene – le dije feliz de poder llamarla por su nombre.Ella tembló. Sí señores, la hubiera arrojado al suelo ahí mismo, en pleno pasillo, para hacerle el amor (aunque el sexo en lugares extraños nunca fue de mi agrado y estos pensamientos me visiten poco y nada, tan escasamente como mis vecinas asesinas). Era un pensamiento nuevo pero no un deseo nuevo. Me gustaba desearla en el ascensor, mirando su cuerpo en el espejo mientras en mi cabeza retumbaban las palabras que no me animaba a decirle: “mi faraona, mi faraona”. – No, por favor – dijo Irene – a la policía no. No soportaría estar en la cárcel ni un segundo.Acortó la distancia que nos separaba y apoyó su cabeza en mi hombro. (La bata se le descosió a la altura de los omóplatos). “Irene mía”, le dije aunque sólo se escuchara Irene. El azúcar que te di, quise agregar pero ella me tapó la boca con la suya. Guardé la pistola en un bolsillo del pantalón y me dejé besar mientras ponía su cara entre mis manos. – Sé que me amás – me dijo retirando su boca a centímetros de la mía -. Siempre lo supe. Yo veía tus ojos en el espejo del ascensor. – Mi faraona – dije yo. – Qué extraño – me dijo – tenés una mano fría y la otra caliente. – Mi faraona. La apreté con tantas fuerzas que la pistola en mi bolsillo debió dejar huellas en su carne. Mandé el caballo y la policía a la mierda y me dije que si no todas, alguna mujer habría en la tierra capaz de hacer feliz a un hombre. Dos besos después estábamos en la puerta de su departamento. Irene se alejó de mi boca a pesar de que yo la hubiera seguido besando mientras peregrinábamos a Luján. – Está ahí adentro – dijo. Abrí la puerta con la valentía que nunca tuve excepto para jugar la Ruy López con los muchachos del club. Ningún cadáver. Ella, en el pasillo aún, movió su boca sin emitir sonido esperando que yo leyera sus labios: “está sobre la cama”. Siguiendo el itinerario marcado por su muda boca perfecta, entré al dormitorio. La oscuridad era total. Fijé mi vista en donde supuse estaría la cama y accioné el interruptor. Supuse bien. La cama estaba pero no el cadáver. Giré para decírselo. Le iba a decir con todas las letras que ya estaba bien, que pusiera la cafetera en el fuego, que el azúcar, y nosotros, Irene, pero ella, que ya estaba a mi lado mirando por sobre mi hombro, me apartó de un manotazo mientras repetía como una autómata:- No es posible, no es posible. “Mirá, es sangre”, fueron sus palabras siguientes en el mismo momento en que dos manos débiles como las de un comerciante -yo sabía que el marido era viajante, sabía todo sobre ella: donde compraba la ropa, qué talle usaba, quiénes eran sus amigas, qué hacía por las tardes, qué cocinaba cada noche, qué desechaba cada mañana, a qué hora se levantaba, qué marca de comida prefería el perro (al que nunca había visto pero que hacía tanto ruido como Godzilla)- pero de dedos crispados como los de un moribundo se atenazaron a mi cuello. Hora de dejar de hablar de azúcar y de aperturas. Recordé una vieja película de detectives y retrocedí arrastrando su cuerpo a mi paso. Lo arrastré con tanta facilidad que en lugar de pensar en mi vida, en la muerte, en el hombre ante la inmensidad del universo, en hacer un balance rápido e imperfecto de mi paso por el mundo, en imaginar a mi mujer infeliz en brazos de otro infeliz, en lamentar no haber tenidos hijos aunque no habría sido capaz de criarlos, en prometerme cosas que jamás me habían interesado, en lugar de llorar de miedo, pensé que debía estar más gordo de lo que había creído hasta entonces. Gordo o no, lo arrastré como a un títere. Cruzamos el comedor con grandes pasos febriles y acompasados. Era la segunda coreografía del día y no lo estaba haciendo nada mal. Bien por vos, Julio, me felicité (o Tito, me dicen Tito). Chocamos contra una pared. Él contra la pared, yo contra su cuerpo. El aire lo abandonó y se desplomó. Una ventana de esas que parecen guillotinas se cerró ruidosamente. Allí estábamos los tres: Irene, tan bella como el día que necesitó azúcar (el tiempo no pasa para mujeres así), Julio o Tito, que sólo había sido vencido dos en casi mil ocasiones (no veía el día de llevarle el libro a los muchachos y a mi jefe para que se murieran de admiración), y el marido de Irene, una persona sin ningún encanto, con una cara común, un cuerpo común, vestido con ropa común (quizá la ropa que él mismo vendía en cientos de pueblos miserables, desde Jujuy a la Patagonia, obligado a dormir en pensiones sucias mientras que yo lo hago en mi cama de dos plazas –tengo que cambiar las sábanas-). Intenté imaginármelo pegándole a su mujer y no lo logré. Estar tirado en el suelo, muriéndose, no lo favorecía en absoluto. – Mucho gusto -murmuré jadeante-. Sos muy feo y no te merecés a Irene. Le pegué una patada en el pecho, exactamente donde lo había herido la bala que casi me mata de asfixia. Después traté de estrangularlo. Volví a golpearlo. No satisfecho con la manera poco elegante que había elegido para zanjar el asunto, arrastré el cuerpo hasta la ventana. El ya no se resistía. Creo que hubiera preferido morir ahí mismo, cómodamente. Abrí la ventana, puse su cabeza en el borde y la cerré con fuerza. Algo crujió. La lengua le asomó entre los dientes. Me disponía a rematarlo cuando un agudo dolor en la pierna derecha me paralizó. Un pequeño perro, poco más grande que mi puño, intentaba comérsela. (Godzilla). Sacudí la pierna y el perro quedó suspendido en el aire. Irene irrumpió en escena y se puso a gritar olvidándose de los vivos y de los muertos. De ballet pasamos a ópera. Igual, Tito, creo que pensé, todo esto vale la pena para quedarte con Irene y dejar de mirarla en el ascensor y de revolver su basura. Mirá que mujer, mirá qué bata, mirá que perro. Podrías mudarte a su departamento, Tito, que es más grande que el tuyo y más luminoso y tiene esas ventanas de película. Fijate qué vida interesante tenés desde que entraste acá. Antes: pura pizza vieja y problemas de ajedrez que no le interesan a nadie (como si yo no supiera que los muchachos me hicieron una broma). Ahora estás tratando de salvar la vida de la mujer que amás. Esta vida nueva mía está para la MGM.Embriagado de nueva vida me decidí a actuar. Supuse que era lo que ella esperaba de mí. Así que agarré virilmente al perro por la cola y lo arrojé tan lejos como pude. ¿Qué creen que hizo ella? Salió llorando detrás de esa miniatura con veleidades de cocodrilo. Todo mientras alguien moría y yo, Tito, mataba. (¿Será mortal el matrimonio?). Seguir golpeando a ese pobre imbécil no tenía sentido. Lo solté y al verse libre de la fuerza que lo sostenía fue cayendo lentamente. Yo, en cambio, desaparecido el objeto en que me apoyaba, caí estrepitosamente sobre un sillón. Ella volvió con el perro en sus brazos feliz de no haber quedado también viuda del animal. Un muerto por día era suficiente. A rey muerto, rey puesto. Al fin se había sabido que el muerto era un usurpador, un invasor, un desalmado ácrata que se había apoderado ilegalmente del trono engañando y seduciendo a la cándida soberana. Yo, Tito o Titus -que significa el que fue rescatado de las aguas y amamantado por una mona-, había puesto las cosas en su lugar matando al impostor. El pobre animal parecía dispuesto a pedir disculpas, llorar, gemir hasta que yo comprendiera que él también había sido engañado en su buena fe por ese infame que ahora yacía merecidamente muerto. Por la forma en que lamía mi mano daban ganas de nombrarlo ministro. El perro dejó de lamer mi mano para imitar a su ama, congelada mirando a su feo marido. Se habría llevado dos patas al hocico si hubiera sabido mantenerse en pie con las restantes. – ¿Acaso está… muerto ? -preguntó ella. Esperé un instante. El perro no dijo nada. – Muy muerto -contesté.Me levanté del improvisado trono y el perro se colocó detrás mío como dicta el protocolo. A ella le ordené -¡grande Titus!- que abriera la puerta. El perro controló el pasillo mientras yo cargaba el cadáver y lo bajaba a la cochera. ¿Quién dijo que un cuerpo muerto parece más pesado que uno vivo? Lo levanté como si él mismo estuviera colaborando. Nadie diría que llevaba plomo adentro.Conduje su coche con su cadáver en su baúl hacia las afueras de su ciudad. (Yo nací en Colonia Venezia y llegué a Rosario castigado por la empresa de seguros para la que trabajo. No me quejo, desde la ventana de mi oficina veo la peatonal, la entrada de una panadería y un edificio que están construyendo. Mejor eso que tragar tierra que entra por la ventanilla mientras ves kilómetros y kilómetros de aburrida llanura preocupado por el aumento del precio de la gabardina). Es lo que sucede, Tito (ahora me refiero al muerto) cuando no enrocás y la Dama te sorprende. Y luego el Alfil, yo, veloz y certero. Para colmo el Peón, el perro, que interpusiste, se entregó sin luchar, casi a traición.Estacioné cerca de Rosario Norte y borré mis huellas dactilares. Antes arranqué el banderín colgado del espejo retrovisor que decía “Visite Colonia Venezia” y al que algún gracioso le había agregado la palabra “no”. (¿Otra explosión en la inmensidad del universo? ¿Se habían alineado todos los planetas luego de vagar cien mil millones de años? ¿Qué hacía un banderín de mi pueblo en el auto del marido de Irene? Contra toda precaución me quedé sentado en el coche diez minutos. No tuve más remedio que atribuírselo a una simple casualidad. Éramos dos hombres unidos por hilos impalpables: el amor a la misma mujer, alguna relación -¿una amante, un cliente?- con un perdido pueblo de la pampa húmeda, el mismo edificio como lugar de residencia.).Caminé sin rumbo, tiré el banderín y me subí a un ómnibus que pasaba por ahí. Miré un poco el paisaje y bajé cuando se detuvo a pedido de un grupo de adolescentes. Crucé la calle, tomé un taxi y le pedí que me llevara al shopping más cercano al que entré por una puerta y salí por otra. Nuevo taxi. Debí volver a mi juego pero no lo hice. Fui a casa de Irene, donde me estaban esperando. Ministro hacía guardia junto a la puerta; parado en dos patas movía la cola y las orejas rítmicamente mientras sacaba la lengua. Parecía haber practicado duramente en mi ausencia. Ella tampoco había perdido el tiempo. Vestida con el ligero vestido de fiesta color verde que se deslizó sin ruido por su piel y que contrastaba un poco con el modesto departamento, se había ascendido de faraona a emperatriz. Qué impresionante hubiera sido verla venir hacia mí bajando por la escalera de donde la había empujado el marido. Lástima que era un departamento de un solo piso. El presente, como si rescatara dos momias calcinadas por los siglos de un sol de enero, nos descubre así: ella desnuda y exhibiendo su cuerpo de neón que me encandila hasta la ceguera. ¿Por qué insistís, Tito (yo) si con la prostituta que contrataste el año pasado te pasó lo mismo? ¿No te acordás que te ahogabas y creíste que te ibas a morir? Irene camina un paso hacia mí. Intento seguir cumpliendo mi rol de partenaire y trato de retroceder uno de mis pies. Estoy atado al piso. A ella no parece importarle y sigue avanzando. Oigo música. Me sofoco. Ella, ajena a mis preocupaciones, viene y viene. Me esfuerzo y retrocedo uno de mis pies. Está frente a mí, desnuda, ¡y estira sus brazos para tocarme! Sus brazos se multiplican y son cuatro, veo seis. Todos avanzan hacia mí. Antes Venus, ahora una vulgar y peligrosa medusa. Uno de sus tentáculos me toca. ¿Qué será de mi rey? Con la precisión con que debe golpear la sabiduría me doy cuenta de que la jugada del caballo es buena. Aparto sus dos brazos con sendos manotazos y sigo lanzando golpes al vacío para apartar su nueva y repugnante anatomía. Abro los ojos hasta sentir dolor. Veo una mujer desnuda mucho más vieja que Julia, la compañera de oficina que me toca las manos cuando intercambiamos expedientes. Debo admitirlo: Irene es demasiado alta para mí. Ministro se aleja hacia un rincón con las orejas colgando. Salgo corriendo y caigo enredado en su vestido. Es su último recurso: un abrazo artificial. Rompo la tela con la ferocidad de un peón devorándose una torre para transformarse en dama. Huyo. Entro a mi casa. Cierro la puerta con dos vueltas de llaves y el cerrojo de seguridad extrema Yale. Apoyo una silla contra el picaporte. No satisfecho la bloqueo con un sillón que arrastro de la otra punta de la sala. Ella me llama y ministro me ladra. Con tres largos pasos estoy frente al tablero de ajedrez. Apago la luz y cierro las cortinas hasta dejar que un rayo proveniente de la calle ilumine el juego. Un ojo del caballo brilla en guiño cómplice. Es un gran caballo. Golpean y arañan la puerta. Los golpes, desordenados y sin armonía, se van distanciando y debilitando. Los arañazos se terminan. Me figuro al perro alejándose por el pasillo, hastiado de tantos cambios en su miserable vida. Al creer aquel estúpido cuento de invasores y causas leales y nobles, solo ha logrado sumarse al tropel de desengañados que pueblan el mundo. Ella sigue golpeando. Parece que llora. (Lágrimas de mujer, lluvia reparadora, orina de los dioses, mar de fondo, río revuelto, humedad, goteras, olas, espuma, charcos, peceras, lagos, inundación, infusión, agua al cuello, tormenta seca, filtraciones, nadadores, crol, espalda, pecho, mariposa, Mark Spitz, Paraná, Nilo, barco, Colón, Atlántico, Támesis, té, café, cascada, Iguazú, agua milagrosa, agua envenenada, maremoto, remo, regata, Acuamán, Neptuno, Sena, aguacero, aguada, aguachento, acuoso, aguafuerte, aguamanil, aguamiel, aguatero, acueducto, aguazal, aguazar); en fin: otra mujer que llora. Yo me limito a mover mi caballo. La casilla lo espera. (Zapatero a tus zapatos. La mujer a la cocina. Mujer al volante, peligro andante). Caballo seis alfil Rey. (Te voy a dar más libertad, le dijo el marido antes de agrandarle la cocina). Me quedan otras cinco jugadas. (Mujer, mujeres, mustia, muda, muerte, muerdes, mujeres, mujer eres, mujerzuela, mujer serás, mujer eras, mujercitas, mujerazas). Y siguen los golpes. (http://revistaelmargen.wordpress.com/category/revista/)

Post a comment