De generales y soldados
(Editado en el Diario La Capital de Mar del Plata en el 9º aniversario de la muerte de Onetti).
(El 30 de Mayo de 1994 murió Juan Carlos Onetti y yo escribí este cuento. Supongo que debo haber creído entonces que la desaparición de toda una generación de grandes escritores nos hundiría en la oscuridad. De Generales y Soldados es una alegoría que intenta alertar sobre la posibilidad de que lo banal derrote a lo eterno y lo efímero a lo vital.). Javier Chiabrando
Nunca llegaré a explicarme de qué manera llegan las noticias a las trincheras. Lo concreto es que de un momento a otro aparecen y casi siempre resultan verdaderas. El General Onetti ha muerto. Y sí, lo acabo de escuchar de boca de un soldado que venía de la retaguardia que lo escuchó de otro que venía aún de más lejos y así hasta Santa María. Onetti está muerto y yo tirado en la trinchera sin animarme a asomar la cabeza y mis compañeros están como yo (los que están vivos). A los otros ya no les interesan las noticias. Otra que corrió rápido por el húmedo corredor fue aquella que explicaba el motivo por el cual no lo querían ascender. Pero a mí no me tenían que contar nada porque una tarde me lo crucé en el casino de oficiales y sin mirarme me dijo:- Usted, váyase a la mierda.¿Como lo iban a nombrar Teniente Coronel General Mariscal?Una noticia más que tal vez se cumpla: miles de soldaditos perfumados y eficientes vienen en nuestra ayuda. Más vale que traigan un puente, una soga o algo que nos permita cruzar el maldito pozo que rodea el castillo porque sino van a ir a hacerle compañía a ese que está ahí abajo y que solo alcanzó a gritar una palabra. ¡Qué manera de morir! Una palabra, una sola, y nadie se dejó ver para oírlo. Yo, por las dudas, me mantengo casi mudo y a la espera. Nueva alarma. Alguien se acaba de percatar de que nos hemos quedado sin generales. Estamos librados a nuestra suerte. Si lo tuviéramos aquí al Teniente Coronel General Mariscal Borges. Ese sí que se había ganado el cargo. Lo inventaron para él y sin embargo siempre tan modesto. Una vez, llenando su copa (yo servía de comer en el rancho de los oficiales), me preguntó si tenía orígenes chinos.- ¿Tal vez de la familia Choan?- No señor – y le dije mi apellido.- Ah, italianos, sin duda de los antiguos habitantes de Constantinopla que se pasaron a Grecia y después en época del imperio, a Italia. Buena gente. Mas laboriosa que inteligente pero buena.No es momento de reclamar a mis antepasados haber elegido un lugar con poco futuro. Cada tanto veo salir a mis compañeros de trinchera y luego oigo sus gritos de agonía. El último fue uno que estaba a punto de ser ascendido y que sin embargo cayó igual bajo las balas enemigas que no respeta blasones.- Quiero que guardes mis palabras como diamantes que el viento debe arrastrar hasta los confines de la tierra – dijo.- Quiero confesarte que nunca me preocupé por oírte.- No es posible. No es posible. ¿Quién oirá mis melodiosas rimas después que yo muera? Él comenzó a recitar y a mí el tiempo se me pasó volando. La verdad es que no creí que hablara tan lindo. De puro prejuicioso, nomás, no había querido oírlo. Tal vez para no confundir mis propias ideas, pero, ¿donde están los soldaditos de etiqueta que prometieron mandar? Ya lo decía el General Don Julio: “si el enemigo no conoce la fuerza de tus ideas, metele una bala en la cabeza y pídele disculpas”. Ese sí que le gustaba a la tropa. Nunca les creímos a los del Alto Mando (ordenan pero sin ensuciarse) cuando dijeron que se había pasado al enemigo. Y tan solo porque el enemigo también lo vitoreaba. Cuando había batalla y estaba él de por medio era una fiesta. Al final los muertos se levantaban y salían caminando con un olor a vino que tumbaban.El tiempo pasa y los refuerzos no llegan. Me siento un poco solo aquí en esta enorme trinchera. Para colmo hay tanto ruido (¿a quién le tiran?) que no vale la pena que hable: si nadie me va a escuchar. Las posibilidades de tomar el castillo son ínfimas. ¿Cómo no lo íbamos a perder cuando nuestros Generales empezaron a morir? Les dejamos el espacio y los pertrechos que habíamos ganado por años. Y vaya si lo aprovecharon. Hoy ellos están allá arriba y nosotros acá abajo muriéndonos de frío y de hambre. O de balas. Asomo la cabeza aprovechando la oscuridad y los veo, con sus cabezas hermosas y sus pelos al viento, festejando que son bellos y hermosos, perfectos e inútiles: triunfadores. Y están ganando la guerra. No se preocupan por mí. Mi voz no les ha interesado nunca. No supe gritar y me conformé con susurrar – y solo a mis allegados – lo que debía haber explotado en mí (aunque eso hoy me habría matado). Que más da. Entre estos dos fuegos no me quedan muchas esperanzas. Puedo retroceder y esconderme para siempre, mudo. O entregarme y vivir con ellos, corriendo el riesgo de que llegue a amarlos. Si al menos el General Bioy me hiciera llegar un mensaje sabría qué hacer. La suya sí que era mano de mando. Nunca he visto enemigos más confundidos, más apabullados. Una sola palabra suya me serviría, pero no tengo derecho a pedirle que solucione este problema por nosotros, por mí y los cuerpos que llenan el pozo que debíamos cruzar. ¡Debíamos saltar sobre él con la fuerza de nuestras ideas y no sentarnos a morir adentro! Y ahora nuestros queridos soldaditos perfumados van a morder el anzuelo y van a caer como gorriones en la trampera. Porque el enemigo se fortalece en cada triunfo. Se envanece en cada victoria. Se ríe de nosotros.Oh Señor, llévame nuevamente a Constantinopla. Olvida que una vez quise ser parte de este ejército y permíteme transformarme en un alegre campesino de manos grandes y rojas llenas de tomates y de hijos.Recorro la trinchera hacia el sur y hacia el norte. Comienzan a llegar los soldaditos que ni me miran. Están muy preocupados limpiando las manchas de barro de sus uniformes. Yo descubro en sus ojos que no saben muy bien qué hacer. Para ellos las tácticas de los grandes Generales no dice demasiado. Uno tiene el coraje de citar las palabras del poeta que yo guardo en mi memoria. Palabras que no le bastaron a quien las creó. Me imagino las caras relamidas y sonrientes de los bellos adalides de la nada, allá en las almenas del castillo. Y no lo puedo soportar. Asomo mi cabeza una vez más pero nadie se digna dispararme. Me agacho y tomo aire, me repito para mis adentros las palabras que solo mis amigos conocieron y tal vez ya olvidaron, y salgo corriendo en dirección al castillo. Nadie me presta atención. Faltan pocos metros. Veo la zanja llena de cuerpos imprescindibles. Una voz arriba da la alarma. Alguien se toma el tiempo de ponerse el fusil al hombre, tal vez hasta apuesten. No me disgustaría. Estoy casi en la fosa y miro el hueco donde voy a caer. Entre dos soldados que quise mucho y cuyas voces me alegraron la vida. Repito en voz alta algunas de las palabras que guardo en mi memoria, las confundo, las equivoco. No importa, son palabras y para alguien tendrán significado. Una bala me pega en el pecho pero no puedo morir: estoy lejos de mi destino. Suben la apuesta. Otra bala me da en una pierna y aunque no es mortal ya puedo caer. Me tiro. Mi cuerpo calza justo entre los dos amigos y maestros. Ahora sí la fosa está llena. El camino está plano, duro, como si se tratara de tierra, verdades o cemento. Ya oigo el ruido de los miles de pies jóvenes y soñadores. Alguien me pisa la cabeza. Alguien grita en lo alto. La ciudadela cae aunque no pueda verla.










