Carta de amor o casi cuento

Category : Cuentos

A alguien se le ocurriò un libros de cartas de amor y me pidiò una prueba. El libro nunca se editò (como suele pasar con emprendimientos semejantes). Se editò tiempo despuès en la revista “La avispa”. Acà va la carta, que es casi un cuento.

Debo decirte, querida mía, que nunca entendí esa insistencia tuya por enojarte con Neil Diamond cada vez que discutías conmigo. Sé – lo recuerdo muy bien -, que nos dimos cuenta de que éramos el uno para el otro cuando bailamos (como los dioses, si bailaran) Sweet Carolina en aquella fiesta. Qué curioso: de esa fiesta recuerdo casi todo menos lo que se festejaba. Recuerdo el color de los manteles y el color de tu vestido, la marca del vino que bebíamos y las primeras palabras que te oí decir: “no soy muy buena bailando”. Recuerdo también que después de Sweet Carolina saltamos con Satisfaccion y luego (para que veas de qué manera atesoro ese día en mi memoria) cantamos todos, pero todos los presentes, incluso el que daba la fiesta (Rubén, se había salvado de la colimba y juntó a sus amigos, ahora lo sé), sus padres y nosotros dos cantamos Cocaine de Eric Clapton. Sin embargo no te enojás con ellos (ni con Eric, ni con Mick, ni con Rubén, ni con sus padres que eran los que te habían invitado a la fiesta excusados en un lejano parentesco; yo era amigo de Rubén desde la infancia) sino con Neil al que jamás volvimos a oír cantar porque esa sola canción nos bastó y bastará de lo bien que la bailamos. Luego hubo otras canciones en nuestras vidas. Algunas eran mías y te las presté. Otras eran tuyas y te las robé. (También hubo posiciones irreconciliables que por suerte he olvidado y espero que vos también; es que malas canciones abundan). Otras muchas aparecían de pronto en la radio o en la calle y ya las estábamos cantando o tarareando o bailando. Pero con ninguna de ellas te enojaste jamás. Solo con Sweet Carolina. Tal vez te da un poco de vergüenza haberte enamorado de mí con esa canción tan estúpida de fondo. No sé si es un consuelo pero otras parejas tuvieron menos suerte. Amigos míos se enamoraron con el Pata Pata. Imaginate. Y fueron felices. Creer o reventar. Nunca me lo dijeron pero supongo que nos envidiaban porque Sweet Carolina al menos se puede tararear como hacíamos nosotros cada vez que simulábamos que estábamos de nuevo viviendo esa noche, esa fiesta, este amor. Con el Pata Pata no hay remedio: se agota en cinco segundos y los pataduras quedan demasiado expuestos a la vergüenza. Pero a vos no te importa la comparación (te lo dije cien veces y ya dudo de que sea verdad con tanta insistencia de mi parte; ¿quiénes eran los estúpidos que se enamoraron con el Pata Pata?). Cada vez que llegamos a este punto todo te suena a excusa y yo me veo como un salame defendiendo a un cantante que no me interesa y a una canción que apenas me gustó entonces y ya me aburrió. Entonces, si lo que vos querés es burlarte de Neil y de su peinado sin pensar que el pobre se batía el pelo porque se estaba quedando pelado como al fin nos quedamos todos los hombres hayamos sido felices, infelices o legionarios en la legión extranjera, burlate tranquila. Ya no me importa. Y si querés, luego, enojate con Rubén, con sus padres, con Mick y con Eric. Ahora, querida, cambiemos de tema. Literalmente. Es hora de que dejemos de culpar al pasado cada vez que no nos gusta lo que el otro piensa o hace. Es inevitable. El pasado es inevitable, inconmovible, imborrable, nuestro. Por eso, para recordar este amor que ya lleva como ciento veinte rankings – además de hijos que aman la buena música – y cientos de éxitos absolutamente intrascendentes aunque tan pegadizos como efímeros, quiero ofrecerte un regalo que compré con amor y en créditos. Dudé mucho. Te confieso que no sabía qué regalarte para este nuevo aniversario. La ropa te sobra, los viajes los elegiremos juntos, cosas de la casa no necesitamos ni vos ni yo ni la casa (más hijos ni hablar). Este regalo me lo sugirió la televisión, quién lo diría. Y hasta te lo mandan a tu casa. Por eso no te lo envuelven para regalo aunque el estuche es de lo más coqueto. Elegí. Ahora es tu turno de desquitarte. Supongo que algo interesante vas a poder encontrar ahí adentro. Algo te tiene que gustar lo suficiente como para olvidar Sweet Carolina y dejar en paz al pobre Neil y su entretejido (¿sigue vivo?, ¿sigue cantando?). Y cuando elijas una de esas quinientas canciones de amor seleccionadas por un disc jockey cuyo nombre no recuerdo y agrupadas en diez discos titulados categóricamente “Los grandes éxitos románticos de todos los tiempos” – está Feeling, Summertime, Bésame Mucho, My Way, Garota, Ne Me Quite Pas; pero elegí vos sola, no quiero condicionarte – la bailaremos hasta caer agotados. Aprenderemos a bailar de nuevo si es necesario. Recordaremos. Tararearemos nuestra nueva canción como si estuviéramos en esa misma fiesta festejando algo que no nos importa ni nos incumbe porque lo único que nos importa y nos incumbe es seguir bailando como los dioses si los dioses bailaran.
Javier Chiabrando

Piedra, papel y tijera

Category : Cuentos

Editado en la Revista La Pecera

PIEDRA

Sin embargo nunca me trataron de extranjero. Menos de sucio extranjero o de negro de mierda. Será porque soy blanco, caucásico, de origen italiano y más atrás griego. Y uso corbata. Hoy, por ejemplo, llevo puesta una que vale cuatrocientos francos. Sólo una vez me escupieron las palabras mágicas: allez chez vous. Soy un privilegiado. Pienso en eso, mientras camino por Champs Elysées, el día de mi cumpleaños número treinta, en eso y en las ganas que tengo de ponerme un aro igual al del Corto Maltés, un arete redondo y pesado, oreja izquierda. Lo pienso y no lo haré. Ya lo sé. Pero pensarlo me divierte. Y contarlo también. Se lo cuento a mi mujer que por supuesto no me cree. Ni me oye. Es que hay tanta gente y tiran tantos cohetes que es imposible oír nada. Estos sí que festejan fin de año a lo grande. Gran avenida, grandes tiendas, grandes cohetes y un odio de colección. Odio entre franceses y árabes. O entre franceses y negros. O entre franceses del sur y del norte. O entre vecinos. Si no me dicen extranjero acá creo que nunca más. ¿Me habré vuelto uno de ellos? Se lo pregunto a mi mujer que nuevamente me desoye. Estoy tentado a decirle que ya no la quiero más. O que pienso abandonarla por la hermana menor. Total. Al fin no digo nada, que se entere por los diarios. El ruido, el gran ruido me desalienta. Es treinta y uno de diciembre y en Champs Elyseés hay mil, dos mil, diez millones de personas festejando. La gente camina sobre los coquetos canteros y algunos dementes, seguramente extranjeros, de Alaska, se tiran a una fuente repleta de agua fría y salpican a los paseantes decentes como nosotros. Es casi imposible llegar al Arco del Triunfo y sin embargo lo intentamos. Atrapados por la muchedumbre nos dejamos llevar y mi mujer me toma de la mano por miedo a que nos perdamos uno al otro para siempre jamás. La gran avenida está decorada de punta a punta y a cada lado con macetas rojas con un árbol del tamaño de un hombre entre cada policía antimotines del tamaño de mi tío Luis. Así desde la Place de la Concorde hasta el Arco que cada vez parece más lejos. Maceta, policía, maceta, policía, puerta, policía, esquina y policía. Yo estoy feliz por mi cumpleaños. Mi mujer no. Es que hemos decidido volvernos a América, a ver si la hacemos, y ella no quiere. Entonces me castiga no gustando de mi aro del Corto Maltés. Europa me tiene harto, lo reconozco y ella lo niega. Demasiado odio. Que se arreglen entre ellos. Que armen barquitos de papel y jueguen una batalla naval en el mediterráneo. Franceses contra árabes o contra negros. Yo, como dije, soy caucásico, italiano, varias veces bilingüe, un ciudadano del mundo. Y no logro tomar partido. Para mí todos tienen razón. Mis amigos franceses dicen que sus casas se desvalorizan. Es verdad. Mis amigos árabes que nadie les pidió que fueran a romperle las pelotas. Es cierto. Los negros también tuvieron lo suyo y los latinos y los de Este y los gitanos. ¿Y yo, entonces? ¿Y mi vida? Ahora no quiero pensar en esto. Es mi cumpleaños número treinta y estoy feliz. La marea de gente nos lleva hasta la puerta de un restaurante y de ahí hasta Virgin. Hay buenas ofertas de discos que vencen hoy. Intento entrar pero mi mujer está atascada entre dos señoras mayores y muy elegantes. Poco a poco llegamos a una esquina aunque no sé si nos dirigimos al Arco. Nos detenemos y después de media hora avanzamos dos pasos. No sé por qué milagro, diez minutos después casi corremos. De nuestro grupo seis caen al suelo y una embarazada se desmaya en brazos de su marido. A tiro de piedra hay un tumulto. Un grupo de chicos está agrediendo a dos árabes de su misma edad. Son ocho contra dos. O veinte contra dos si contamos el apoyo espiritual de los que miran. La historia se repite. (Más casas que se deprecian). Los árabes se escabullen entre la gente con la típica sagacidad de los que han sido maltratados toda la vida. No sé, parecen culpables. Será la luz. Corren por una calle lateral y son corridos hasta que chocan con una valla. Más allá no hay nada, ni siquiera libertad. Acorralados miran con miedo. Las dos señoras mayores asienten sin saber de qué se trata. La policía ni asiente ni se da cuenta. Uno de los chicos árabes levanta una piedra y la arroja contra los agresores. Los agresores también usan piedras. Las señoras insultan. Yo busco, busco y busco hasta que encuentro la piedra más grande de todas. La lanzo y me siento un discóbolo. Se lo digo a mi mujer y no me oye.

PAPEL

Carnavales eran los de antes, piensa Bernard Dutroc parado en la puerta de entrada de Chez Dutroc, inaugurado el 20 de Julio de 1913. Casi noventa años en la misma esquina. Hasta De Gaulle se sentó en sus sillas. Cierra sólo los domingos, haya guerra mundial o no. Ni los oficiales nazis resistieron la tentación de beber su café ou lait viendo pasar bellas francesas que miraban con un miedo que disimulaba el desprecio. Los nazis eran ruidosos pero pagaban religiosamente, recuerda Bernard. Él tenía diez años y también recuerda a su padre amenazando con envenenar los cafés que consumían. Era, a pesar de todo, aunque suene raro, un mundo sencillo de habitar. Una vida agradable porque todos sabían que la guerra terminaría algún día y quiénes eran sus enemigos. Nunca hubo guerra eterna, ni amor tampoco. Y menos enemigo inmortal. Chez Dutroc cierra sólo los domingos y por eso hoy, 31 de diciembre, jueves, está abierto, recibiendo los cansados peregrinos que no logran llegar al Arco del Triunfo por culpa de una marea de gente que se mueve al ritmo de la casualidad. Hoy es un buen día para Bernard Dutroc. Un buen día en una época difícil. No es un problema de dinero, no. Bernard tiene casa, auto, departamento en Cannes, es propietario del local del café y de tres oficinas que construyó encima. Es que el prefería las cosas como se hacían antes, antes de los ochenta, incluso de los setenta. Del otro lado mismo de Champs Elysées estaba la panadería de Joaquim que le traía el pan caliente a las seis de la mañana y desayunaba junto a Bernard café, croissants y una copita de calvados. Y no lejos de la Av. de Foch, entre el Bois de Boulogne y la Defense estaba la quinta de Sara, una italiana que dos veces por semana le traía las legumbres y las especias y hasta le ayudó a corregir dos recetas que por culpa de un cocinero belga se habían distorsionado hasta perder su identidad de comida francesa Chez Dutroc. Sara y él, es más, habían, entre cacerolas y sartenes, tenido un romance que no alteró sus negocios ni sus vidas familiares. Y la carne, ¿eh?, la carne. La carne se la proveía Andrei desde antes del final de la guerra, desafiando las leyes de racionamiento, corriendo riesgos físicos para hacerlo feliz a él y sobre todo a sus clientes. Era carne de vacas que el mismo Bernard llegó a conocer. Así con los huevos, los pollos, el café, la leche y el vino. Bernard suspira cada vez que mira la foto del camión cargado de barriles con vino que una vez al mes le llegaba directamente de Bordeux a su negocio. Ahora los proveedores entran por la puerta trasera, descargan lo que el gerente de compras les pide por Internet, cobran en la oficina que está sobre el café y algunos ni siquiera saben quién es Bernard Dutroc y que el negocio se fundó en 1913. Y no trabajan para personas sino para empresas que venden la misma mercadería a cien mil cafés a la vez repartidos es cuarenta países. Y no hablemos de los clientes, por favor. Antes eran personas comunes, obreros, funcionarios y artistas, codo a codo con Bernard, que sabían apreciar la buena comida y la buena conversación. Ahora son japoneses con incontinencia verbal, italianos con autos rojos o amarillos exclusivamente, latinoamericanos gigolós, españoles ultracosmopolitas, alemanes ecologistas, árabes diplomáticos y negros bailarines o músicos. Todos apurados, tomando fotos, quemándose con el café para ir a ver la vidriera de Kenzo y comprobar que es tan caro como dicen. Y los franceses que comen allí ya no hablan ni con él ni con los camareros, que tampoco son de hablar demasiado porque les pagan para atender mesas y no para asesorar turistas. ¿Y el futuro? ¿Quién continuará su negocio? ¿Qué merde estudiaban sus hijos? ¿Por qué se preocupan tanto por hablar inglés si todos los que entran a Chez Dutroc se esmeran hasta el ridículo por pronunciar croissant correctamente? Como hacía todos los días de los últimos sesenta años a la seis de la tarde Bernard Dutroc entra en la cocina, moja un pedazo de pan en la enorme olla donde se cocina la salsa y se lo lleva a la boca. Satisfecho, vuelve al salón. El mozo más antiguo de todos, treinta años a su servicio y sin tutearlo, le alcanza una copa con diez decilitros de vin rouge que él bebe de un trago. Carnavales eran los de antes, piensa cuando una piedra le rompe un vidrio de la puerta de entrada.

TIJERA

París en invierno es una postal. Frío, lluvia y viento que te obligan a caminar encorvado, con las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo en alto, haciendo que parezcas un hombre atacado por una decepción sentimental o un espía en busca de un portal aunque seas un hombre común con el suficiente dinero como para visitar París una vez en la vida. Un día soleado se puede considerar otoño. Esa es la máxima concesión del invierno en París. Una de las tantas tradiciones del lugar, nacida no se sabe cuándo, es recibir el año nuevo en la avenida Champs Elysées, rodeado por personas de todas partes del mundo y algunos pocos parisinos, contando los segundos en los enormes relojes de las esquinas, sufriendo frío, olvidando el frío por el lastimoso hacinamiento y la sensación de que el mundo está superpoblado y es peligroso. Pero nada de eso importa ahora excepto que la casa Virgin de Champs Elysées cerraría ese día dos horas más tarde de lo habitual y no reabriría hasta el lunes 4 de enero y que allí trabajan desde hace seis meses Lino, Claude y Luc. La idea de buscar trabajo en Virgin fue de Lino. Se presentaron los tres juntos ante el encargado de reclutamiento y le dijeron que habían nacido para eso. Luc llegó a insinuarle que si no conseguían ese trabajo iban a caer en las garras del delito. El gerente los contrató enseguida, impresionado por la decisión más la metáfora cinematográfica y porque Luc, Lino y Claude representaban perfectamente el perfil de cliente que Virgin intentaba atraer: jóvenes, consumidores, encantadores, independientes, iconoclastas, irreverentes y transgresores; bolsillos vírgenes en beneficio de Virgin. Los tres primeros meses estuvieron en embalaje y entrega y los siguientes tres en el piso de música rock, rap y pop que tenía grandes ventanales que daban a Champs Elysées y desde donde ellos miraban a la gente y se reían de sus caras de decepción o miedo. Como sucede en la vida, los tres amigos eran muy diferentes entre sí, pero cambiaban tan a diario que a veces parecían copias. En la puerta de sus casilleros Luc y Lino tenían una foto de la selección campeona y Claude una en la que estaban él y Manu Chao abrazados. Sin que esto sea relevante, ni que haya actuado sobre sus ánimos, Luc y Lino habían decidido y planeado burlarse de Claude. No sabemos si era en devolución a alguna otra broma infantil (la tapa del salero floja, la manija del casillero sucia de tinta, la cerradura obstruida con goma de mascar) o si era la primera broma que generaría otra y así hasta que se volvieran adultos y oscuros. La broma era simple: encerrarlo con llave durante una hora en el baño de empleados del segundo subsuelo y trabar la puerta del pasillo para impedir cualquier otra visita. Lo engañaron con excusas tontas y lo encerraron a las cinco y cuarto. Lino y Luc volvieron al piso y vendieron discos que ellos consideraban abominables. A las seis Luc compró chocolate caliente en una máquina expendedora automática que estaba en el piso de jazz como parte de un acuerdo que incluía que sería Lino el encargado de liberar a Claude y de sufrir su ira. El plazo estaba por cumplirse cuando dos policías antimotines entraron corriendo a la tienda para protegerse de las pedradas. Eran dos policías enormes que en su carrera arrastraron clientes y una maceta que rodó y ensució el piso. Sobre el frente de la tienda se desató una lluvia de piedras. Algunas golpearon los vidrios de los pisos superiores y una hubiera dado en la cara de Luc de no haber existido una barrera entre ella y él. Los clientes y los empleados corrieron instintivamente hacia el fondo del local y un supervisor ordenó cerrar las pesadas persianas metálicas. Más policías antimotines entraron al negocio y otros muchos se debatían en el exterior contra enemigos invisibles. Los clientes corrían escaleras abajo y se escuchaban sus gritos de miedo entre las palabras de los supervisores que anunciaban que iban a salir por el subsuelo del estacionamiento. Luc, Lino y otros tres empleados guiaron a los primeros clientes hacia la libertad. Quedarían veinte o menos cuando la luz de todo el edificio se apagó. Luc, Lino, dos supervisores, seis clientes y tres policías llegaron al estacionamiento ayudados por linternas. Los policías hablaron por radio y corrieron a cumplir una orden. Parecían felices. Los dos supervisores se montaron en el auto de un cliente y se fueron sin despedirse. Luc y Lino salieron por una escalera de emergencia a una calle lateral. Vieron gente corriendo sin rumbo y una piedra que rompió el vidrio de la puerta de entrada de Chez Dutroc que a los pocos minutos había expulsado a sus clientes y cerrado sus puertas. Se miraron sin miedo y casi sin curiosidad. En sus casas los esperaban padres, tíos, hermanos, primos y amigos para festejar el fin del año. Las piedras iban y venían sin sentido. ¿Era todos contra todos o nadie contra nadie? Camino a Champs Elysées juntaron todas las piedras que cabían en sus manos y bolsillos.

Pozo

Category : Cuentos

(Editado en Pàgina 12, suplemento Rosario, el 11 de agosto de 2007)

Miguel Erbetta hacía pozos. Era habitual verlo salir de su casa de la calle Rivadavia entre Tucumán y la vía cargado de una pala y un pico. A veces llevaba baldes, sogas y una roldana. De ser necesario contrataba a un ayudante que en ocasiones era su propio hijo. En Colonia Venezia, si había que hacer un pozo, pensaban primero en Erbetta. No importaba si era un pozo ciego, de agua, aljibe o cañería. La mañana del día que un cólico renal lo mandó al hospital, Erbetta cargó en el carrito que arrastraba con su bicicleta dos palas, un pico, un balde, sogas y una roldana. Iba a la casa del gordo Operti, un vendedor de autos usados que tenía el berretín de tener un aljibe en el patio para que los pibes, su mujer y su cuñada (sobre todo, tenía una cabellera negra que le llegaba a la cintura) se lavaran el pelo con agua de lluvia. Erbetta cavó hasta las once y media. Había avanzado casi un metro cuando lo azotó un dolor tremendo. Como el de un parto, le dijeron los médicos. Era un cólico renal. (Cuento completo en: Pagina12.com.ar)

El alfil y la dama

Category : Cuentos

El alfil y la dama (Editado en el Nº 3 de la Revista El Margen)

El vestido verde que la cubre se desliza sin ruido por su piel, toca el suelo y adopta una posición extravagante, entre pintura moderna y charco de agua. Yo la miro con la cara de turista con la que miré aquella vez la Venus de Milo, pero somos simplemente un hombre que mira y una mujer desnuda. Su cuerpo blanco está a dos metros de mí. Metro y medio, tal vez. Metro, si uno de los dos se balancea. La miro hasta que comienza a brillar. Bajo la vista buscando reparo pero el rayo –el brillo fue luz y la luz ya es un rayo, mi cerebro lo entiende todo muy rápido– me alcanza igual y me hiere. La miro por última vez y lo que veo me recuerda a las mujeres de mi pueblo cuando las espiábamos por una claraboya rota del baño del club. Vencido, cierro los ojos. Me sumerjo en luz, me hundo, caigo. Me parece, aunque no estoy del todo seguro –tengo los ojos cerrados– que ella no deja de brillar y brillar. Pero no es un espectáculo fuera de cartel. No es la Venus de Milo ni la Torre Eiffel curvándose o el Coliseo rodando por la Vía dei Fori Imperiali. No. Eso estaría bien y valdría su precio en dólares. Es sólo una mujer de cuerpo perfecto que luego de desnudarse frente a mí se puso a brillar como plata pulida. (Qué gusto me daría poder contárselo a mi mujer. Lástima que me abandonara. Ella se lo pierde. Seguro que no me lo creía. Ni debe saber quién es la Venus de Milo).Después de tan notable introducción, no sé cómo decir que hace apenas dos horas estaba sentado frente a mi tablero de ajedrez comiendo los restos de una pizza infinita cuando una mujer con una pistola en la mano me golpeó la puerta. Yo acababa de llegar de la oficina y aún no me había librado del recuerdo de las palabras de mi jefe. Dije palabras pero eran gritos. Porque mi jefe grita todo el tiempo y todo el tiempo me grita a mí. Es un hombre vulgar y pequeño, un poco más gordo que yo y bastante miserable. Lo bastante como para negarse a poner dinero para el regalo de mi cumpleaños número cuarenta: el libro de los “Mil Problemas del Ajedrez”. Me lo regalaron hace tres años, exactamente seis meses antes de que mi mujer comenzara a maltratarme y un año antes de que se fuera.Problema número ochocientos seis -ochocientos tres resueltos y dos defecciones-: las blancas deben dar mate en cuatro jugadas. Pensé todo el fin de semana y el domingo a la medianoche decidí que el lunes a la tarde jugaría caballo seis alfil rey, jaque. El rey enemigo podía huir a la casilla negra que está a sus espaldas o a la blanca que está en diagonal hacia la derecha, donde siempre estaría a tiro de mis alfiles. El lunes madrugué más temprano que de costumbre. Casi no pude dormir en toda la noche. Desayuné sentado en la silla frente al tablero, orgulloso de mi caballo. Era un buen caballo, único sobreviviente de una gran estirpe (al otro se lo había devorado una torre). En la oficina estuve todo el día en las nubes. Mi jefe me gritó varias veces. Nunca supe de qué hablaba. (Otro que tampoco sabe lo qué es la Venus de Milo). Salí del trabajo a las siete en punto. Como el colectivo demoraba caminé hasta mi casa. Llegué transpirado. Mientras ponía la pizza del sábado en el horno me sequé con un repasador. Once minutos después estaba frente al tablero con un pedazo de pizza a la derecha y un vaso de vino a la izquierda. Llevaba aún corbata pero no saco. Mordí pizza, mastiqué, me limpié los dedos con el mismo repasador con que me había secado la frente y levanté el caballo en el aire. Golpearon la puerta. ¿Una señal? (Un buen jugador debe interpretar las explosiones del cosmos). Dejé el caballo sobre la casilla original y me alejé unos pasos del tablero para no caer en la tentación de actuar acusando problemas de reloj que no tenía. Otro golpe resonó en la sala. Fui hasta la cocina, apagué la luz y volví al tablero. Otros tres golpes. ¿Era caballo seis alfil Rey o tres torre? Más golpes. Abrí la puerta con violencia. Quería que quien me molestaba huyera como huiría el rey contrincante luego de mi jugada mortal. Ahí estaba la mujer más linda del mundo. Rubia, alta, una faraona dispuesta a traicionar siempre, en cualquier ocasión, obedeciendo a su humanidad. Me miraba como los jugadores de básquet miran al árbitro. Vestía una bata a punto de explotar. Su cara merecía ser exhibida en la pared mayor del Louvre. Sus ojos eran de metáfora imposible. Sudaría Chanel añejado. Era mi vecina. Y llevaba una pistola en su mano derecha. – Maté a mi marido – me dijo. Estiró su mano izquierda, me agarró de la camisa y comenzó a arrastrarme. Yo apenas percibía lo que pasaba de tan obsesionado que me tenía la otra mano con pistola. Por la fuerza con que me sacaba de mi casa, se diría que la mano izquierda había heredado la fuerza de la derecha, agotada en el hercúleo acto de apretar el gatillo. La parte superior de mi cuerpo atravesó el umbral y mis pies, torpes y desinformados, se mantenían aún dentro de la casa obedeciendo a la sana costumbre de moverse poco. En tanto ella y yo trazamos una curiosa coreografía no exenta de encanto que comprendía mi cuerpo oblicuo y su mano armada en busca de un lenguaje común que les permitiera entenderse para luego partir todos felices hacia un destino próspero. (Su bata crujió). Uno de mis pies al fin se movió. Mi mano voló hacia el picaporte mientras mi cabeza giraba buscando el tablero de ajedrez. Un cineasta lo presentaría así: 1) plano general: el pasillo, la puerta, ella, yo, luz mortecina, sordidez, música; 2) plano general: ella me arrastra; 3) primer plano: mi cabeza que gira; 4) plano objetivo: la cámara, o sea mis ojos, se alejan del tablero; 5) plano detalle: el caballo de la discordia sigue en su lugar. – Me golpeaba todos los días, me tenía harta –dijo-. Una vez casi me manda al hospital. Me tiró por las escaleras. Yo le dije que no se me acercara. Se me rió en la cara. Y lo maté.Yo apenas la escuchaba. Toda mi atención estaba puesta en no perder el equilibrio. Ella tironeó de mi ropa con tanta violencia que mi cuerpo catapultado voló por el pasillo. En el aire me aferré a lo primero que encontré: el brazo que sostenía la pistola, que subió como un péndulo hasta mi cara. Nuestros cuerpos casi se tocaron pero se interponía la pistola. Una bocanada de perfume, mezcla indefinida de colonia, miedo y pólvora me excitó como si no fuera yo. No siendo yo tuve el valor de arrancarle el arma de su mano agarrotada y obligarla a escucharme. Le iba a decir que su mano izquierda estaba caliente y húmeda y la derecha fría y seca. Pero dije: – Irene, tenemos que avisar a la policía.Se llama Irene y había estado en mi casa cuatro años atrás pidiendo azúcar. Mi mujer le había preguntado el nombre y yo lo memoricé. Luego sólo encuentros corteses en el ascensor y una vez en el supermercado. – Irene – le dije feliz de poder llamarla por su nombre.Ella tembló. Sí señores, la hubiera arrojado al suelo ahí mismo, en pleno pasillo, para hacerle el amor (aunque el sexo en lugares extraños nunca fue de mi agrado y estos pensamientos me visiten poco y nada, tan escasamente como mis vecinas asesinas). Era un pensamiento nuevo pero no un deseo nuevo. Me gustaba desearla en el ascensor, mirando su cuerpo en el espejo mientras en mi cabeza retumbaban las palabras que no me animaba a decirle: “mi faraona, mi faraona”. – No, por favor – dijo Irene – a la policía no. No soportaría estar en la cárcel ni un segundo.Acortó la distancia que nos separaba y apoyó su cabeza en mi hombro. (La bata se le descosió a la altura de los omóplatos). “Irene mía”, le dije aunque sólo se escuchara Irene. El azúcar que te di, quise agregar pero ella me tapó la boca con la suya. Guardé la pistola en un bolsillo del pantalón y me dejé besar mientras ponía su cara entre mis manos. – Sé que me amás – me dijo retirando su boca a centímetros de la mía -. Siempre lo supe. Yo veía tus ojos en el espejo del ascensor. – Mi faraona – dije yo. – Qué extraño – me dijo – tenés una mano fría y la otra caliente. – Mi faraona. La apreté con tantas fuerzas que la pistola en mi bolsillo debió dejar huellas en su carne. Mandé el caballo y la policía a la mierda y me dije que si no todas, alguna mujer habría en la tierra capaz de hacer feliz a un hombre. Dos besos después estábamos en la puerta de su departamento. Irene se alejó de mi boca a pesar de que yo la hubiera seguido besando mientras peregrinábamos a Luján. – Está ahí adentro – dijo. Abrí la puerta con la valentía que nunca tuve excepto para jugar la Ruy López con los muchachos del club. Ningún cadáver. Ella, en el pasillo aún, movió su boca sin emitir sonido esperando que yo leyera sus labios: “está sobre la cama”. Siguiendo el itinerario marcado por su muda boca perfecta, entré al dormitorio. La oscuridad era total. Fijé mi vista en donde supuse estaría la cama y accioné el interruptor. Supuse bien. La cama estaba pero no el cadáver. Giré para decírselo. Le iba a decir con todas las letras que ya estaba bien, que pusiera la cafetera en el fuego, que el azúcar, y nosotros, Irene, pero ella, que ya estaba a mi lado mirando por sobre mi hombro, me apartó de un manotazo mientras repetía como una autómata:- No es posible, no es posible. “Mirá, es sangre”, fueron sus palabras siguientes en el mismo momento en que dos manos débiles como las de un comerciante -yo sabía que el marido era viajante, sabía todo sobre ella: donde compraba la ropa, qué talle usaba, quiénes eran sus amigas, qué hacía por las tardes, qué cocinaba cada noche, qué desechaba cada mañana, a qué hora se levantaba, qué marca de comida prefería el perro (al que nunca había visto pero que hacía tanto ruido como Godzilla)- pero de dedos crispados como los de un moribundo se atenazaron a mi cuello. Hora de dejar de hablar de azúcar y de aperturas. Recordé una vieja película de detectives y retrocedí arrastrando su cuerpo a mi paso. Lo arrastré con tanta facilidad que en lugar de pensar en mi vida, en la muerte, en el hombre ante la inmensidad del universo, en hacer un balance rápido e imperfecto de mi paso por el mundo, en imaginar a mi mujer infeliz en brazos de otro infeliz, en lamentar no haber tenidos hijos aunque no habría sido capaz de criarlos, en prometerme cosas que jamás me habían interesado, en lugar de llorar de miedo, pensé que debía estar más gordo de lo que había creído hasta entonces. Gordo o no, lo arrastré como a un títere. Cruzamos el comedor con grandes pasos febriles y acompasados. Era la segunda coreografía del día y no lo estaba haciendo nada mal. Bien por vos, Julio, me felicité (o Tito, me dicen Tito). Chocamos contra una pared. Él contra la pared, yo contra su cuerpo. El aire lo abandonó y se desplomó. Una ventana de esas que parecen guillotinas se cerró ruidosamente. Allí estábamos los tres: Irene, tan bella como el día que necesitó azúcar (el tiempo no pasa para mujeres así), Julio o Tito, que sólo había sido vencido dos en casi mil ocasiones (no veía el día de llevarle el libro a los muchachos y a mi jefe para que se murieran de admiración), y el marido de Irene, una persona sin ningún encanto, con una cara común, un cuerpo común, vestido con ropa común (quizá la ropa que él mismo vendía en cientos de pueblos miserables, desde Jujuy a la Patagonia, obligado a dormir en pensiones sucias mientras que yo lo hago en mi cama de dos plazas –tengo que cambiar las sábanas-). Intenté imaginármelo pegándole a su mujer y no lo logré. Estar tirado en el suelo, muriéndose, no lo favorecía en absoluto. – Mucho gusto -murmuré jadeante-. Sos muy feo y no te merecés a Irene. Le pegué una patada en el pecho, exactamente donde lo había herido la bala que casi me mata de asfixia. Después traté de estrangularlo. Volví a golpearlo. No satisfecho con la manera poco elegante que había elegido para zanjar el asunto, arrastré el cuerpo hasta la ventana. El ya no se resistía. Creo que hubiera preferido morir ahí mismo, cómodamente. Abrí la ventana, puse su cabeza en el borde y la cerré con fuerza. Algo crujió. La lengua le asomó entre los dientes. Me disponía a rematarlo cuando un agudo dolor en la pierna derecha me paralizó. Un pequeño perro, poco más grande que mi puño, intentaba comérsela. (Godzilla). Sacudí la pierna y el perro quedó suspendido en el aire. Irene irrumpió en escena y se puso a gritar olvidándose de los vivos y de los muertos. De ballet pasamos a ópera. Igual, Tito, creo que pensé, todo esto vale la pena para quedarte con Irene y dejar de mirarla en el ascensor y de revolver su basura. Mirá que mujer, mirá qué bata, mirá que perro. Podrías mudarte a su departamento, Tito, que es más grande que el tuyo y más luminoso y tiene esas ventanas de película. Fijate qué vida interesante tenés desde que entraste acá. Antes: pura pizza vieja y problemas de ajedrez que no le interesan a nadie (como si yo no supiera que los muchachos me hicieron una broma). Ahora estás tratando de salvar la vida de la mujer que amás. Esta vida nueva mía está para la MGM.Embriagado de nueva vida me decidí a actuar. Supuse que era lo que ella esperaba de mí. Así que agarré virilmente al perro por la cola y lo arrojé tan lejos como pude. ¿Qué creen que hizo ella? Salió llorando detrás de esa miniatura con veleidades de cocodrilo. Todo mientras alguien moría y yo, Tito, mataba. (¿Será mortal el matrimonio?). Seguir golpeando a ese pobre imbécil no tenía sentido. Lo solté y al verse libre de la fuerza que lo sostenía fue cayendo lentamente. Yo, en cambio, desaparecido el objeto en que me apoyaba, caí estrepitosamente sobre un sillón. Ella volvió con el perro en sus brazos feliz de no haber quedado también viuda del animal. Un muerto por día era suficiente. A rey muerto, rey puesto. Al fin se había sabido que el muerto era un usurpador, un invasor, un desalmado ácrata que se había apoderado ilegalmente del trono engañando y seduciendo a la cándida soberana. Yo, Tito o Titus -que significa el que fue rescatado de las aguas y amamantado por una mona-, había puesto las cosas en su lugar matando al impostor. El pobre animal parecía dispuesto a pedir disculpas, llorar, gemir hasta que yo comprendiera que él también había sido engañado en su buena fe por ese infame que ahora yacía merecidamente muerto. Por la forma en que lamía mi mano daban ganas de nombrarlo ministro. El perro dejó de lamer mi mano para imitar a su ama, congelada mirando a su feo marido. Se habría llevado dos patas al hocico si hubiera sabido mantenerse en pie con las restantes. – ¿Acaso está… muerto ? -preguntó ella. Esperé un instante. El perro no dijo nada. – Muy muerto -contesté.Me levanté del improvisado trono y el perro se colocó detrás mío como dicta el protocolo. A ella le ordené -¡grande Titus!- que abriera la puerta. El perro controló el pasillo mientras yo cargaba el cadáver y lo bajaba a la cochera. ¿Quién dijo que un cuerpo muerto parece más pesado que uno vivo? Lo levanté como si él mismo estuviera colaborando. Nadie diría que llevaba plomo adentro.Conduje su coche con su cadáver en su baúl hacia las afueras de su ciudad. (Yo nací en Colonia Venezia y llegué a Rosario castigado por la empresa de seguros para la que trabajo. No me quejo, desde la ventana de mi oficina veo la peatonal, la entrada de una panadería y un edificio que están construyendo. Mejor eso que tragar tierra que entra por la ventanilla mientras ves kilómetros y kilómetros de aburrida llanura preocupado por el aumento del precio de la gabardina). Es lo que sucede, Tito (ahora me refiero al muerto) cuando no enrocás y la Dama te sorprende. Y luego el Alfil, yo, veloz y certero. Para colmo el Peón, el perro, que interpusiste, se entregó sin luchar, casi a traición.Estacioné cerca de Rosario Norte y borré mis huellas dactilares. Antes arranqué el banderín colgado del espejo retrovisor que decía “Visite Colonia Venezia” y al que algún gracioso le había agregado la palabra “no”. (¿Otra explosión en la inmensidad del universo? ¿Se habían alineado todos los planetas luego de vagar cien mil millones de años? ¿Qué hacía un banderín de mi pueblo en el auto del marido de Irene? Contra toda precaución me quedé sentado en el coche diez minutos. No tuve más remedio que atribuírselo a una simple casualidad. Éramos dos hombres unidos por hilos impalpables: el amor a la misma mujer, alguna relación -¿una amante, un cliente?- con un perdido pueblo de la pampa húmeda, el mismo edificio como lugar de residencia.).Caminé sin rumbo, tiré el banderín y me subí a un ómnibus que pasaba por ahí. Miré un poco el paisaje y bajé cuando se detuvo a pedido de un grupo de adolescentes. Crucé la calle, tomé un taxi y le pedí que me llevara al shopping más cercano al que entré por una puerta y salí por otra. Nuevo taxi. Debí volver a mi juego pero no lo hice. Fui a casa de Irene, donde me estaban esperando. Ministro hacía guardia junto a la puerta; parado en dos patas movía la cola y las orejas rítmicamente mientras sacaba la lengua. Parecía haber practicado duramente en mi ausencia. Ella tampoco había perdido el tiempo. Vestida con el ligero vestido de fiesta color verde que se deslizó sin ruido por su piel y que contrastaba un poco con el modesto departamento, se había ascendido de faraona a emperatriz. Qué impresionante hubiera sido verla venir hacia mí bajando por la escalera de donde la había empujado el marido. Lástima que era un departamento de un solo piso. El presente, como si rescatara dos momias calcinadas por los siglos de un sol de enero, nos descubre así: ella desnuda y exhibiendo su cuerpo de neón que me encandila hasta la ceguera. ¿Por qué insistís, Tito (yo) si con la prostituta que contrataste el año pasado te pasó lo mismo? ¿No te acordás que te ahogabas y creíste que te ibas a morir? Irene camina un paso hacia mí. Intento seguir cumpliendo mi rol de partenaire y trato de retroceder uno de mis pies. Estoy atado al piso. A ella no parece importarle y sigue avanzando. Oigo música. Me sofoco. Ella, ajena a mis preocupaciones, viene y viene. Me esfuerzo y retrocedo uno de mis pies. Está frente a mí, desnuda, ¡y estira sus brazos para tocarme! Sus brazos se multiplican y son cuatro, veo seis. Todos avanzan hacia mí. Antes Venus, ahora una vulgar y peligrosa medusa. Uno de sus tentáculos me toca. ¿Qué será de mi rey? Con la precisión con que debe golpear la sabiduría me doy cuenta de que la jugada del caballo es buena. Aparto sus dos brazos con sendos manotazos y sigo lanzando golpes al vacío para apartar su nueva y repugnante anatomía. Abro los ojos hasta sentir dolor. Veo una mujer desnuda mucho más vieja que Julia, la compañera de oficina que me toca las manos cuando intercambiamos expedientes. Debo admitirlo: Irene es demasiado alta para mí. Ministro se aleja hacia un rincón con las orejas colgando. Salgo corriendo y caigo enredado en su vestido. Es su último recurso: un abrazo artificial. Rompo la tela con la ferocidad de un peón devorándose una torre para transformarse en dama. Huyo. Entro a mi casa. Cierro la puerta con dos vueltas de llaves y el cerrojo de seguridad extrema Yale. Apoyo una silla contra el picaporte. No satisfecho la bloqueo con un sillón que arrastro de la otra punta de la sala. Ella me llama y ministro me ladra. Con tres largos pasos estoy frente al tablero de ajedrez. Apago la luz y cierro las cortinas hasta dejar que un rayo proveniente de la calle ilumine el juego. Un ojo del caballo brilla en guiño cómplice. Es un gran caballo. Golpean y arañan la puerta. Los golpes, desordenados y sin armonía, se van distanciando y debilitando. Los arañazos se terminan. Me figuro al perro alejándose por el pasillo, hastiado de tantos cambios en su miserable vida. Al creer aquel estúpido cuento de invasores y causas leales y nobles, solo ha logrado sumarse al tropel de desengañados que pueblan el mundo. Ella sigue golpeando. Parece que llora. (Lágrimas de mujer, lluvia reparadora, orina de los dioses, mar de fondo, río revuelto, humedad, goteras, olas, espuma, charcos, peceras, lagos, inundación, infusión, agua al cuello, tormenta seca, filtraciones, nadadores, crol, espalda, pecho, mariposa, Mark Spitz, Paraná, Nilo, barco, Colón, Atlántico, Támesis, té, café, cascada, Iguazú, agua milagrosa, agua envenenada, maremoto, remo, regata, Acuamán, Neptuno, Sena, aguacero, aguada, aguachento, acuoso, aguafuerte, aguamanil, aguamiel, aguatero, acueducto, aguazal, aguazar); en fin: otra mujer que llora. Yo me limito a mover mi caballo. La casilla lo espera. (Zapatero a tus zapatos. La mujer a la cocina. Mujer al volante, peligro andante). Caballo seis alfil Rey. (Te voy a dar más libertad, le dijo el marido antes de agrandarle la cocina). Me quedan otras cinco jugadas. (Mujer, mujeres, mustia, muda, muerte, muerdes, mujeres, mujer eres, mujerzuela, mujer serás, mujer eras, mujercitas, mujerazas). Y siguen los golpes. (http://revistaelmargen.wordpress.com/category/revista/)

De generales y soldados

Category : Cuentos

(Editado en el Diario La Capital de Mar del Plata en el 9º aniversario de la muerte de Onetti).

(El 30 de Mayo de 1994 murió Juan Carlos Onetti y yo escribí este cuento. Supongo que debo haber creído entonces que la desaparición de toda una generación de grandes escritores nos hundiría en la oscuridad. De Generales y Soldados es una alegoría que intenta alertar sobre la posibilidad de que lo banal derrote a lo eterno y lo efímero a lo vital.). Javier Chiabrando

Nunca llegaré a explicarme de qué manera llegan las noticias a las trincheras. Lo concreto es que de un momento a otro aparecen y casi siempre resultan verdaderas. El General Onetti ha muerto. Y sí, lo acabo de escuchar de boca de un soldado que venía de la retaguardia que lo escuchó de otro que venía aún de más lejos y así hasta Santa María. Onetti está muerto y yo tirado en la trinchera sin animarme a asomar la cabeza y mis compañeros están como yo (los que están vivos). A los otros ya no les interesan las noticias. Otra que corrió rápido por el húmedo corredor fue aquella que explicaba el motivo por el cual no lo querían ascender. Pero a mí no me tenían que contar nada porque una tarde me lo crucé en el casino de oficiales y sin mirarme me dijo:- Usted, váyase a la mierda.¿Como lo iban a nombrar Teniente Coronel General Mariscal?Una noticia más que tal vez se cumpla: miles de soldaditos perfumados y eficientes vienen en nuestra ayuda. Más vale que traigan un puente, una soga o algo que nos permita cruzar el maldito pozo que rodea el castillo porque sino van a ir a hacerle compañía a ese que está ahí abajo y que solo alcanzó a gritar una palabra. ¡Qué manera de morir! Una palabra, una sola, y nadie se dejó ver para oírlo. Yo, por las dudas, me mantengo casi mudo y a la espera. Nueva alarma. Alguien se acaba de percatar de que nos hemos quedado sin generales. Estamos librados a nuestra suerte. Si lo tuviéramos aquí al Teniente Coronel General Mariscal Borges. Ese sí que se había ganado el cargo. Lo inventaron para él y sin embargo siempre tan modesto. Una vez, llenando su copa (yo servía de comer en el rancho de los oficiales), me preguntó si tenía orígenes chinos.- ¿Tal vez de la familia Choan?- No señor – y le dije mi apellido.- Ah, italianos, sin duda de los antiguos habitantes de Constantinopla que se pasaron a Grecia y después en época del imperio, a Italia. Buena gente. Mas laboriosa que inteligente pero buena.No es momento de reclamar a mis antepasados haber elegido un lugar con poco futuro. Cada tanto veo salir a mis compañeros de trinchera y luego oigo sus gritos de agonía. El último fue uno que estaba a punto de ser ascendido y que sin embargo cayó igual bajo las balas enemigas que no respeta blasones.- Quiero que guardes mis palabras como diamantes que el viento debe arrastrar hasta los confines de la tierra – dijo.- Quiero confesarte que nunca me preocupé por oírte.- No es posible. No es posible. ¿Quién oirá mis melodiosas rimas después que yo muera? Él comenzó a recitar y a mí el tiempo se me pasó volando. La verdad es que no creí que hablara tan lindo. De puro prejuicioso, nomás, no había querido oírlo. Tal vez para no confundir mis propias ideas, pero, ¿donde están los soldaditos de etiqueta que prometieron mandar? Ya lo decía el General Don Julio: “si el enemigo no conoce la fuerza de tus ideas, metele una bala en la cabeza y pídele disculpas”. Ese sí que le gustaba a la tropa. Nunca les creímos a los del Alto Mando (ordenan pero sin ensuciarse) cuando dijeron que se había pasado al enemigo. Y tan solo porque el enemigo también lo vitoreaba. Cuando había batalla y estaba él de por medio era una fiesta. Al final los muertos se levantaban y salían caminando con un olor a vino que tumbaban.El tiempo pasa y los refuerzos no llegan. Me siento un poco solo aquí en esta enorme trinchera. Para colmo hay tanto ruido (¿a quién le tiran?) que no vale la pena que hable: si nadie me va a escuchar. Las posibilidades de tomar el castillo son ínfimas. ¿Cómo no lo íbamos a perder cuando nuestros Generales empezaron a morir? Les dejamos el espacio y los pertrechos que habíamos ganado por años. Y vaya si lo aprovecharon. Hoy ellos están allá arriba y nosotros acá abajo muriéndonos de frío y de hambre. O de balas. Asomo la cabeza aprovechando la oscuridad y los veo, con sus cabezas hermosas y sus pelos al viento, festejando que son bellos y hermosos, perfectos e inútiles: triunfadores. Y están ganando la guerra. No se preocupan por mí. Mi voz no les ha interesado nunca. No supe gritar y me conformé con susurrar – y solo a mis allegados – lo que debía haber explotado en mí (aunque eso hoy me habría matado). Que más da. Entre estos dos fuegos no me quedan muchas esperanzas. Puedo retroceder y esconderme para siempre, mudo. O entregarme y vivir con ellos, corriendo el riesgo de que llegue a amarlos. Si al menos el General Bioy me hiciera llegar un mensaje sabría qué hacer. La suya sí que era mano de mando. Nunca he visto enemigos más confundidos, más apabullados. Una sola palabra suya me serviría, pero no tengo derecho a pedirle que solucione este problema por nosotros, por mí y los cuerpos que llenan el pozo que debíamos cruzar. ¡Debíamos saltar sobre él con la fuerza de nuestras ideas y no sentarnos a morir adentro! Y ahora nuestros queridos soldaditos perfumados van a morder el anzuelo y van a caer como gorriones en la trampera. Porque el enemigo se fortalece en cada triunfo. Se envanece en cada victoria. Se ríe de nosotros.Oh Señor, llévame nuevamente a Constantinopla. Olvida que una vez quise ser parte de este ejército y permíteme transformarme en un alegre campesino de manos grandes y rojas llenas de tomates y de hijos.Recorro la trinchera hacia el sur y hacia el norte. Comienzan a llegar los soldaditos que ni me miran. Están muy preocupados limpiando las manchas de barro de sus uniformes. Yo descubro en sus ojos que no saben muy bien qué hacer. Para ellos las tácticas de los grandes Generales no dice demasiado. Uno tiene el coraje de citar las palabras del poeta que yo guardo en mi memoria. Palabras que no le bastaron a quien las creó. Me imagino las caras relamidas y sonrientes de los bellos adalides de la nada, allá en las almenas del castillo. Y no lo puedo soportar. Asomo mi cabeza una vez más pero nadie se digna dispararme. Me agacho y tomo aire, me repito para mis adentros las palabras que solo mis amigos conocieron y tal vez ya olvidaron, y salgo corriendo en dirección al castillo. Nadie me presta atención. Faltan pocos metros. Veo la zanja llena de cuerpos imprescindibles. Una voz arriba da la alarma. Alguien se toma el tiempo de ponerse el fusil al hombre, tal vez hasta apuesten. No me disgustaría. Estoy casi en la fosa y miro el hueco donde voy a caer. Entre dos soldados que quise mucho y cuyas voces me alegraron la vida. Repito en voz alta algunas de las palabras que guardo en mi memoria, las confundo, las equivoco. No importa, son palabras y para alguien tendrán significado. Una bala me pega en el pecho pero no puedo morir: estoy lejos de mi destino. Suben la apuesta. Otra bala me da en una pierna y aunque no es mortal ya puedo caer. Me tiro. Mi cuerpo calza justo entre los dos amigos y maestros. Ahora sí la fosa está llena. El camino está plano, duro, como si se tratara de tierra, verdades o cemento. Ya oigo el ruido de los miles de pies jóvenes y soñadores. Alguien me pisa la cabeza. Alguien grita en lo alto. La ciudadela cae aunque no pueda verla.

Crímenes impunes

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(Editado en Página/12 Suplemento Rosario/12 el 23 de Febrero de 2008)
El 13 de Agosto de 1969, en la cuneta del veredón que rodea la clínica de rehabilitación “Colinas del Paraíso”, un perro orinó sobre un cuerpo inerte que resultó ser el cadáver de Silvia Mitre. Había sido asesinada de dos puñaladas en la espalda. Para evitar que se resistiera la habían sujetado de su propio pañuelo de seda, fuertemente anudado al cuello aparentemente por ella misma. El cadáver estaba boca abajo, tenía un moretón en el cuello, la lengua besando el barro y un ojo lastimado por haber caído contra el borde del veredón. En Colonia Venezia todos conocían muy bien a Silvia Mitre. Había nacido y vivido allí los 38 años que tenía cuando fue asesinada. De su vida se destacaban dos cosas: fue abandonada por su novio el día antes del casamiento y tiempo después se prostituyó.
(Cuento completo en: Pagina12.com.ar)

Camión

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Editado en Página/12 Suplemento Rosario/12 el 26 de Diciembre de 2007) Jorge Nota, Lisandro Camacho y Darío Camandona eran amigos desde el jardín de infantes. Los tres eran jóvenes y fuertes, lo suficiente como para descargar doscientas bolsas de un camión y apilarlas adentro de un galpón en un par de horas. Jorge Nota era el dueño del camión y de las bolsas. Camacho y Camandona aceptaron ayudarlo a cambio de nada. De esa manera Nota ahorraba (pensaba casarse pronto con Mabel Róvere, su novia de la infancia). El galpón estaba al lado del taller mecánico de Giorsa (de hecho pertenecía a Giorsa, lo alquilaba por partes: acopio, garaje, taller, asados). El camión era un Mercedes 1114 modelo ´79 sin acoplado. Las bolsas contenían soja (pago de un transporte; Nota iba a venderlas cuando el valor aumentara hasta cubrir el costo de la fiesta). El galpón tenía un portón de dos hojas de chapa verde de casi tres metros de altura. Conclusión: se podía entrar con camión y todo. Nota maniobró el Mercedes con maestría. De culata lo dejó a un metro de dónde debían descargar las bolsas. La mudanza les consumió cuarenta y cinco minutos. De las doscientas bolsas, Nota hombreó treinta, Camandona setenta y seis y Camacho noventa y cuatro. El camión, aligerado del peso de las bolsas, aumentó dieciséis centímetros de altura. Segunda conclusión: ya no salía por el portón. (Cuento completo en: Pagina12.com.ar)